Era noche cerrada, y la pequeña fortaleza se hallaba sumida en las sombras y el silencio. Un hombre se aproximaba a ella por el bosque colindante, ocultándose tras los troncos de los árboles y envuelto en oscuras ropas. Parecía una sombra más del bosque, oscura y siniestra. El hombre se detuvo en la linde del bosque y observó el castillo con detenimiento. La oscuridad era tal que apenas se podían distinguir la silueta, recortada sobre el cielo. El hombre se levantó la capucha para ocultar sus rasgos y echó a andar hacia la edificación. Caminaba con resolución y sigilo…tanto es así, que más que andar parecía que flotaba; sus pies apenas tocaban el suelo.
La figura se acercó a la construcción sin que se produjera ningún cambio. En aquel momento oyó un ruido a su izquierda y se giró, preparado para defenderse. De entre los árboles salieron varios hombres, todos vestidos de forma similar a él, con la cabeza cubierta por una capucha. La luna reflejaba el brillo de los metales forjados de las espadas y puñales que todos portaban medio escondidos entre sus ropas. El hombre quedó enfrentado a la pandilla y durante unos momentos se examinaron mutuamente. Finalmente, el primer hombre rompió el silencio.
-¿Os envía Julien? –preguntó con sequedad.
Uno del grupo, el que parecía ser el líder, se adelantó.
-Sí. Nos envían desde Alemania. También somos parte de la Orden del Cuervo.
-Demuéstralo. –exigió el otro, inalterable.
El enviado de Julien asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y se bajó con brusquedad la manga del brazo derecho. Allí, en la palma de su mano, en la parte mas cercana a la muñeca, se distinguía un pequeño dibujo grabado a tinta negra: un pluma de ave. Al mirarla, parecía como si esta cobrara relieve y pudieras sentir su suave tacto al acariciarla.
El hombre dejó que el otro lo contemplara unos instantes y luego dejó caer de nuevo la manga.
-Ahora, demuéstralo tú.
El otro asintió e imitando al enviado alemán bajó su manga. Ambos miraron el tatuaje durante un segundo, luego el enviado habló:
-Bien, veo que estamos todos en el mismo barco. Soy Brune y estos son mis hombres. Supongo que tú eres Sebastián. Eres muy conocido entre los miembros alemanes de la Orden.
Sebastián sonrió con frialdad durante un segundo, luego dirigió la mirada hacia la fortaleza.
-Atacaremos desde varios flancos-ordenó, sin más dilación. –Os dividiréis en tres grupos y atacaréis cada uno por un flanco: trasero, derecho e izquierdo. Cuando hayáis sembrado el caos, y sin que ninguno de ellos se dé cuenta, uno de vosotros irá y me abrirá la puerta principal. Acabaremos con esto rápido. Y sobre todo – su tono se volvió tan afilado que podría haber cortado el aire – no olvidéis que ella es mía. Como alguien se me adelante, que se prepare para lo que le esperará.
Todos asintieron en silencio, y siguiendo una orden que no se pronunció echaron a andar hacia la fortaleza.
Al llegar a una distancia razonable, los hombres alemanes dejaron a Sebastián y se dividieron en tres direcciones. Sebastián los contempló marcharse mientras la Luna, como presintiendo lo que iba a ocurrir, se escondía detrás de una nube grande y negra. Alzó un momento la mirada y su boca se perfiló en una perversa sonrisa, sin sentimiento.
Vislumbró a los enviados alemanes introducirse en la fortaleza mientras pasaba los dedos con suavidad sobre la afilada vaina de su espada. Imaginó la cara que pondría ella cuando lo viera, y saboreó la victoria por adelantado. Inmerso en estos pensamientos, esperó.
No habían transcurrido más de tres minutos cuando empezaron a oírse ruidos. Sebastián avanzó con sigilo hasta la puerta principal. Al tratarse de un castillo medieval, era un enorme puente levadizo que bajaba al activarse unos goznes. En aquel momento se empezó a oír el ruido que producían las gruesas cadenas al deslizarse para abrir el portón. Un par de minutos después, Sebastián contemplaba el vestíbulo principal del castillo. Ver por dentro el lugar donde vivían sus enemigos más acérrimos provocó que un odio y aversión enormes se abrieran paso desde su corazón. Les Gardiens de la Clé...Ah, cómo detestaba a aquellos estúpidos. Cómo deseaba matarlos y obtener aquello que ellos poseían. Cómo deseaba eliminarlos de la faz de la Tierra y no volver a verlos nunca más.
En aquel momento, una mujer pasó corriendo desbocada por el vestíbulo. La mujer estaba a todas luces huyendo de alguien, y giraba todo el rato la cabeza, esperando haber dado esquinazo a su perseguidor. Era menuda y esbelta, con unos lustrosos rizos negros desparramados desordenadamente por su espalda y su bonita cara. Sebastián la reconoció de inmediato, y sintió que el odio de segundos atrás se abría paso en su pecho, mezclado con algo más que no supo identificar. Dio un paso hacia delante y la mujer frenó su desesperada carrera para girarse a mirarlo. Sebastián sonrió para sus adentros…aquella mujer, a pesar de su aparente delicadeza, parecía de aquellas que pueden saltarte encima y matarte sin dudarlo para defender lo que es importante para ellas.
La mujer lo miró con una inmensa repugnancia y odio en sus ojos.
-Supongo que tu eres el líder de todos los desgraciados que están asesinando a mis compañeros… bien, sabía que los miembros de la Orden erais lo peor de este mundo, pero entrar en nuestra fortaleza por la noche y asesinarnos a todos a sangre fría cuando no estamos preparados para defendernos es algo que pensaba que ni vosotros erais capaces de hacer.
Sebastián sonrió y subió las manos hacia la cabeza.
-Vaya, Elisabeth…¿así es como tratas a los viejos amigos? –dijo con una sonrisa, mientras apartaba finalmente la capucha.
Elisabeth abrió los ojos. Todo el odio y la repugnancia fueron sustituidos por un indescriptible miedo que ella ni siquiera trató de ocultar.
-¿Sebastián? Yo…-balbuceó; parecía incapaz de encontrar algo adecuado que decir. Guardó silencio durante unos instantes. Luego, su expresión cambió y su figura se enderezó. Miró fijamente al intruso a los ojos; el miedo había desaparecido de los suyos. –Tú y yo no somos amigos. Tal vez lo fuimos en el pasado, pero me demostraste el tipo de persona que eres y te eché de mi vida para siempre. Eres sólo... basura.
Sebastián observó la mueca asqueada que se formó en su cara, y no le cupo ninguna duda de que se estaba conteniendo para no escupirle. Sintió ganas de propinarle un puñetazo, pero se contuvo. Pronto saldaría sus cuentas.
-Verás Elisabeth, tú puedes pensar que no, pero lo cierto es que tuviste un lugar importante en mi vida. Éramos buenos amigos, pero me abandonaste y me hiciste sufrir.
-Querrás decir más bien que me fui antes de que pudieras conseguir lo que querías de mí. –contestó Elisabeth con una amarga carcajada.
Sebastián sonrió de nuevo, divertido.
-Vaya Elisabeth, no se te escapa una. Sin embargo, aquel fue solo un pequeño contratiempo. No lo conseguí entonces, pero lo conseguiré ahora, y de paso saldaré mis cuentas contigo.
Elisabeth lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Y qué vas a hacer, matarme? ¿Sabes qué? Mátame si quieres. Mátame ahora mismo; no conseguirás el Poder. –Hizo una pausa y sonrió sin alegría.- Ese es tu fallo, Sebastián, nunca entendiste lo que significa ser la Guardiana del Poder. Mátame, tortúrame incluso, si quieres, pero no lo conseguirás. ¿Qué crees, que me importaría morir ahora mismo? Gracias a ti y a tu mezquindad, todos mis amigos, mis hermanos, deben estar muriendo ahora mismo… mi marido… -bajó la mirada y tragó saliva con fuerza. Una lágrima descendió por su sonrojada mejilla.- Si me mataras, me harías un favor. No quiero vivir sin él. Pero te aseguro que no conseguirás lo que andas buscando. Ni aunque pases sobre mi cadáver, cosa que no dudo que harás.
Guardaron silencio un instante, contemplándose mutuamente. Así callados, pudieron escuchar el sonido de la batalla: el entrechocar de las espadas, los gritos… el llanto de un bebé. En aquel momento, Brune bajó la escalera con una antorcha en su mano izquierda. Pasó por un tapiz con el emblema de La Clé y le arrojó la antorcha con un grito de guerra. El fuego empezó a extenderse rápidamente, y todos los estandartes, cuadros y banderas sucumbieron rápidamente a su destructivo poder. La escalera fue pronto devorada por las llamas, dejando a los de arriba sin posibilidad de bajar. Sebastián sonrió. No quedaría nadie vivo aquel día; acabarían con todos. Elisabeth se volvió hacia él con lágrimas brillando en sus ojos y un indescriptible dolor en su mirada.
-Mátame ahora, Sebastián, es el momento que siempre esperaste. Estoy sola, desesperada e indefensa, y ni siquiera quiero seguir viviendo. Mátame, salda tu cuenta, vive “feliz”. Mátame. Hazlo. Rápido.
Elisabeth cerró los ojos y respiró hondo, parecía estar concentrada en algo. Sus labios empezaron a murmurar, quedas palabras que se ahogaron en el crepitar de las llamas. Juntó las palmas de las manos sobre el corazón y las extendió hacia fuera. Algo brilló entre sus manos, una esfera brillante, algo que parecía poderoso e increíblemente delicado. Sebastián gritó lleno de frustración y en un desesperado intento por detener a Elisabeth, le hundió la espada en el pecho. Ella no hizo ningún ruido, nada. Simplemente esperó, y cuando la esfera desapareció de sus manos, cayó al suelo.
-Llegaste tarde, Sebastián. Una vez más, llegaste tarde.
El llanto de aquel bebé se hizo más fuerte, hasta ahogar cualquier otro sonido. Elisabeth se concentró en eso y dedicó su último pensamiento al bebé .Sonrió y tras un último suspiro su corazón dejó de latir, mientras el llanto crecía y se volvía desesperado, y más fuerte, siempre más fuerte…
La figura se acercó a la construcción sin que se produjera ningún cambio. En aquel momento oyó un ruido a su izquierda y se giró, preparado para defenderse. De entre los árboles salieron varios hombres, todos vestidos de forma similar a él, con la cabeza cubierta por una capucha. La luna reflejaba el brillo de los metales forjados de las espadas y puñales que todos portaban medio escondidos entre sus ropas. El hombre quedó enfrentado a la pandilla y durante unos momentos se examinaron mutuamente. Finalmente, el primer hombre rompió el silencio.
-¿Os envía Julien? –preguntó con sequedad.
Uno del grupo, el que parecía ser el líder, se adelantó.
-Sí. Nos envían desde Alemania. También somos parte de la Orden del Cuervo.
-Demuéstralo. –exigió el otro, inalterable.
El enviado de Julien asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y se bajó con brusquedad la manga del brazo derecho. Allí, en la palma de su mano, en la parte mas cercana a la muñeca, se distinguía un pequeño dibujo grabado a tinta negra: un pluma de ave. Al mirarla, parecía como si esta cobrara relieve y pudieras sentir su suave tacto al acariciarla.
El hombre dejó que el otro lo contemplara unos instantes y luego dejó caer de nuevo la manga.
-Ahora, demuéstralo tú.
El otro asintió e imitando al enviado alemán bajó su manga. Ambos miraron el tatuaje durante un segundo, luego el enviado habló:
-Bien, veo que estamos todos en el mismo barco. Soy Brune y estos son mis hombres. Supongo que tú eres Sebastián. Eres muy conocido entre los miembros alemanes de la Orden.
Sebastián sonrió con frialdad durante un segundo, luego dirigió la mirada hacia la fortaleza.
-Atacaremos desde varios flancos-ordenó, sin más dilación. –Os dividiréis en tres grupos y atacaréis cada uno por un flanco: trasero, derecho e izquierdo. Cuando hayáis sembrado el caos, y sin que ninguno de ellos se dé cuenta, uno de vosotros irá y me abrirá la puerta principal. Acabaremos con esto rápido. Y sobre todo – su tono se volvió tan afilado que podría haber cortado el aire – no olvidéis que ella es mía. Como alguien se me adelante, que se prepare para lo que le esperará.
Todos asintieron en silencio, y siguiendo una orden que no se pronunció echaron a andar hacia la fortaleza.
Al llegar a una distancia razonable, los hombres alemanes dejaron a Sebastián y se dividieron en tres direcciones. Sebastián los contempló marcharse mientras la Luna, como presintiendo lo que iba a ocurrir, se escondía detrás de una nube grande y negra. Alzó un momento la mirada y su boca se perfiló en una perversa sonrisa, sin sentimiento.
Vislumbró a los enviados alemanes introducirse en la fortaleza mientras pasaba los dedos con suavidad sobre la afilada vaina de su espada. Imaginó la cara que pondría ella cuando lo viera, y saboreó la victoria por adelantado. Inmerso en estos pensamientos, esperó.
No habían transcurrido más de tres minutos cuando empezaron a oírse ruidos. Sebastián avanzó con sigilo hasta la puerta principal. Al tratarse de un castillo medieval, era un enorme puente levadizo que bajaba al activarse unos goznes. En aquel momento se empezó a oír el ruido que producían las gruesas cadenas al deslizarse para abrir el portón. Un par de minutos después, Sebastián contemplaba el vestíbulo principal del castillo. Ver por dentro el lugar donde vivían sus enemigos más acérrimos provocó que un odio y aversión enormes se abrieran paso desde su corazón. Les Gardiens de la Clé...Ah, cómo detestaba a aquellos estúpidos. Cómo deseaba matarlos y obtener aquello que ellos poseían. Cómo deseaba eliminarlos de la faz de la Tierra y no volver a verlos nunca más.
En aquel momento, una mujer pasó corriendo desbocada por el vestíbulo. La mujer estaba a todas luces huyendo de alguien, y giraba todo el rato la cabeza, esperando haber dado esquinazo a su perseguidor. Era menuda y esbelta, con unos lustrosos rizos negros desparramados desordenadamente por su espalda y su bonita cara. Sebastián la reconoció de inmediato, y sintió que el odio de segundos atrás se abría paso en su pecho, mezclado con algo más que no supo identificar. Dio un paso hacia delante y la mujer frenó su desesperada carrera para girarse a mirarlo. Sebastián sonrió para sus adentros…aquella mujer, a pesar de su aparente delicadeza, parecía de aquellas que pueden saltarte encima y matarte sin dudarlo para defender lo que es importante para ellas.
La mujer lo miró con una inmensa repugnancia y odio en sus ojos.
-Supongo que tu eres el líder de todos los desgraciados que están asesinando a mis compañeros… bien, sabía que los miembros de la Orden erais lo peor de este mundo, pero entrar en nuestra fortaleza por la noche y asesinarnos a todos a sangre fría cuando no estamos preparados para defendernos es algo que pensaba que ni vosotros erais capaces de hacer.
Sebastián sonrió y subió las manos hacia la cabeza.
-Vaya, Elisabeth…¿así es como tratas a los viejos amigos? –dijo con una sonrisa, mientras apartaba finalmente la capucha.
Elisabeth abrió los ojos. Todo el odio y la repugnancia fueron sustituidos por un indescriptible miedo que ella ni siquiera trató de ocultar.
-¿Sebastián? Yo…-balbuceó; parecía incapaz de encontrar algo adecuado que decir. Guardó silencio durante unos instantes. Luego, su expresión cambió y su figura se enderezó. Miró fijamente al intruso a los ojos; el miedo había desaparecido de los suyos. –Tú y yo no somos amigos. Tal vez lo fuimos en el pasado, pero me demostraste el tipo de persona que eres y te eché de mi vida para siempre. Eres sólo... basura.
Sebastián observó la mueca asqueada que se formó en su cara, y no le cupo ninguna duda de que se estaba conteniendo para no escupirle. Sintió ganas de propinarle un puñetazo, pero se contuvo. Pronto saldaría sus cuentas.
-Verás Elisabeth, tú puedes pensar que no, pero lo cierto es que tuviste un lugar importante en mi vida. Éramos buenos amigos, pero me abandonaste y me hiciste sufrir.
-Querrás decir más bien que me fui antes de que pudieras conseguir lo que querías de mí. –contestó Elisabeth con una amarga carcajada.
Sebastián sonrió de nuevo, divertido.
-Vaya Elisabeth, no se te escapa una. Sin embargo, aquel fue solo un pequeño contratiempo. No lo conseguí entonces, pero lo conseguiré ahora, y de paso saldaré mis cuentas contigo.
Elisabeth lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Y qué vas a hacer, matarme? ¿Sabes qué? Mátame si quieres. Mátame ahora mismo; no conseguirás el Poder. –Hizo una pausa y sonrió sin alegría.- Ese es tu fallo, Sebastián, nunca entendiste lo que significa ser la Guardiana del Poder. Mátame, tortúrame incluso, si quieres, pero no lo conseguirás. ¿Qué crees, que me importaría morir ahora mismo? Gracias a ti y a tu mezquindad, todos mis amigos, mis hermanos, deben estar muriendo ahora mismo… mi marido… -bajó la mirada y tragó saliva con fuerza. Una lágrima descendió por su sonrojada mejilla.- Si me mataras, me harías un favor. No quiero vivir sin él. Pero te aseguro que no conseguirás lo que andas buscando. Ni aunque pases sobre mi cadáver, cosa que no dudo que harás.
Guardaron silencio un instante, contemplándose mutuamente. Así callados, pudieron escuchar el sonido de la batalla: el entrechocar de las espadas, los gritos… el llanto de un bebé. En aquel momento, Brune bajó la escalera con una antorcha en su mano izquierda. Pasó por un tapiz con el emblema de La Clé y le arrojó la antorcha con un grito de guerra. El fuego empezó a extenderse rápidamente, y todos los estandartes, cuadros y banderas sucumbieron rápidamente a su destructivo poder. La escalera fue pronto devorada por las llamas, dejando a los de arriba sin posibilidad de bajar. Sebastián sonrió. No quedaría nadie vivo aquel día; acabarían con todos. Elisabeth se volvió hacia él con lágrimas brillando en sus ojos y un indescriptible dolor en su mirada.
-Mátame ahora, Sebastián, es el momento que siempre esperaste. Estoy sola, desesperada e indefensa, y ni siquiera quiero seguir viviendo. Mátame, salda tu cuenta, vive “feliz”. Mátame. Hazlo. Rápido.
Elisabeth cerró los ojos y respiró hondo, parecía estar concentrada en algo. Sus labios empezaron a murmurar, quedas palabras que se ahogaron en el crepitar de las llamas. Juntó las palmas de las manos sobre el corazón y las extendió hacia fuera. Algo brilló entre sus manos, una esfera brillante, algo que parecía poderoso e increíblemente delicado. Sebastián gritó lleno de frustración y en un desesperado intento por detener a Elisabeth, le hundió la espada en el pecho. Ella no hizo ningún ruido, nada. Simplemente esperó, y cuando la esfera desapareció de sus manos, cayó al suelo.
-Llegaste tarde, Sebastián. Una vez más, llegaste tarde.
El llanto de aquel bebé se hizo más fuerte, hasta ahogar cualquier otro sonido. Elisabeth se concentró en eso y dedicó su último pensamiento al bebé .Sonrió y tras un último suspiro su corazón dejó de latir, mientras el llanto crecía y se volvía desesperado, y más fuerte, siempre más fuerte…
Impresionante :O. Realmente, felicidades :O :D.
ResponderEliminarTenéis futuro, sabéis? :).
Es absolutamente increíble. Quiero máaaaas!
Oh, en serio Sara? Muchas gracias :)
ResponderEliminarEspero ver tu historia en breves eh? Sigue luchando y lo conseguirás
(De Eva)
De nada y sí, totalmente en serio :D
ResponderEliminarTrabajaré en ella estas vacaciones! ^^
Gracias, Eva :)
hola
ResponderEliminar(maya)