5/8/11

Capítulo 3: Traición

Se sentó en un banco de madera en frente de la bonita fuente del parque. Eran las siete y media de la mañana,y todo estaba desierto. Léa lo agradeció, pues en ese momento no se sentía con ganas de soportar las miradas de extrañeza que le habría lanzado la gente al verla sentada sola, en pijama y con una venda rodeando su cabeza en un banco.
En sólo cuestión de horas, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.
Su existencia tal y como la había conocido era una farsa, un engaño. Tenía que pensar y aclarar las ideas, pero no sabía por dónde comenzar.
Para empezar, estaba la cuestión de que sus padres no eran sus padres, la de que sus verdaderos padres estaban muertos, y, cómo no, el hecho de que no tenía familia alguna. Hace unos años se había preguntado por qué no se parecía a sus padres; por qué no tenía ni un rasgo físico en común con ellos. Entonces era sólo una niña, y cuando se lo preguntó a su madre y esta le dijo que no se parecía a ellos pero era la viva imagen de su abuela paterna fallecida años atrás, ella se lo había creído y no le había dado más vueltas.
También estaba la ridícula idea de que era La Guardiana del Poder. Léa era soñadora por naturaleza, pero ni en sus mayores sueños había llegado a imaginar algo de semejante envergadura. ¿Que el mundo estaba en sus manos? ¿Qué tontería era esa? Ella no era especial en absoluto, tan solo era la típica adolescente. Iba a clase, hacía sus deberes, salía con sus amigos... aunque nunca a ningún sitio más alla de París, claro. Sus padres siempre se lo habían tenido terminantemente prohibido. Ahora hasta esa pequeña cosa cobraba sentido: sus padres no querían que se alejara mucho para protegerla. Pero ¿protegerla de qué? Era imposible que aquella historia fuera real. Era imposible que existiera una asociación llamada la Orden del Cuervo porque, para empezar, ¿qué tipo de nombre era ese? Léa pensó que si Will y Marie hubieran escuchado la historia y el curioso nombre de la Orden, se habrían echado a reír los tres juntos y habrían hecho bromas, probablemente crueles, sobre el tipo de gente que forma parte de una asociación así.
Un momento. Al pensar en Will, la escena del monstruo volvió a inundar su mente. Empezó a respirar con dificultad. No, no podía ser. No podía ser verdad. Will jamás le haría eso, jamás. Pero sin embargo...
Se levantó como una exhalación y echó a correr hacia la casa de Will y Marie. Solo estaba a unas pocas manzanas, así que llegó en unos minutos. Eran sólo las ocho de la mañana, pero el padre de sus amigos era muy estricto y no dejaba que sus hijos se levantaran más tarde de las siete y media, ni siquiera en vacaciones. Llamó al telefonillo mientras trataba de recuperar el aliento.  
-¿Sí?- contestó una voz grave. Era el padre de Will y Marie.
-Hola, Oswald . Vengo a ver a Will, ¿está despierto?
-No está aquí, se ha ido a tu casa hace diez minutos. Quería ver cómo estabas. Si estás aquí, supongo que significa que estás mejor, ¿no? 
-Ah... sí gracias, estoy mejor. De acuerdo, si no está aquí, me voy a casa.
-Vale, Léa. Hasta luego.
Léa echó a andar de nuevo hacia su casa, tratando de calmar sus nervios. Quería respuestas, pero temía lo que podía averiguar.
Cuando llegó a su casa, encontró a Will sentado en un banco en la acera en frente de su casa, esperándola. Miraba su regazo, donde sus manos jugueteaban con una cuerda, inquietas . Aquello alarmó a Léa. Will había sido sienpre tan tranquilo que, con los años, se había convertido en el símbolo de la paz de Léa. Si algo iba lo suficientemente mal como para poner nervioso a Will, es que había algo de lo que preocuparse. Cuando Will alzó los ojos y la miró, un sinfín de sentimientos contradictorios inundaron a la muchacha. Ternura. Cariño. Amistad. Pero también incertidumbre. Temor. Desconfianza. Will se levantó con una gran sonrisa en los labios y la abrazó, y aunque Léa estaba enfadada con él, sin aún saber por qué exactamente, se dejó abrazar. Lo necesitaba.
-Léa.-murmuró Will contra su cuello.- Te he echado mucho de menos. Me tenías muy preocupado, ¿eh?
Léa no contestó; no sabía qué decirle. Su cerebro no había procesado las palabras de Will, sólo podía pensar en la duda que martilleaba en su mente.
Cuando se separaron, Léa se sentó, obligando a Will a hacer lo mismo.
-Will. No sé qué está pasando. Mis padres me han contado cosas subrealistas, y yo no puedo creerlo. Necesito que me lo expliques. Por favor.
Will la miró un segundo, como tratando de averiguar por dónde debía empezar. Luego suspiró.
-Está bien. Te lo contaré. ¿Qué quieres saber?
-Todo. ¿Sabías tú que mis padres no son mis padres? ¿Sabías que mis verdaderos padres están muertos? ¿Sabías que soy la Guardiana del Poder? -Léa hizo una pausa y lo miró, con ojos implorantes.- ¿Es verdad que nos atacó un monstruo el día de mi cumpleaños y que tú lo mataste? Dime que no es verdad, que fue sólo un sueño...-añadió desesperada.
Will no contestó inmediatamente. Bajó la mirada, y durante un tiempo que a Léa se le hizo eterno se dedicó a observar las baldosas del suelo como si fueran la cosa más interesante del mundo.
Finalmente habló, y entre palabra y palabra pasaba una eternidad, como si estuviera pensando cuidadosamente lo que decía.
-Lo siento, Léa. Pero no fue un sueño; sucedió de verdad. Lo maté, tú tropezaste y te diste un golpe en la cabeza que te dejó inconsciente durante días, y que es la causa de que lleves esa venda. Todo fue real.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué nos atacó aquella cosa?
-Lo cierto es que no estamos muy seguros. Su objetivo eras tú, eso sí está claro. Lo que no sabemos es si quería llevarte con él o si por el contrario quería...
-...matarme.-terminó Léa por él en un susurro.
Will asintió lentamente, mirándola preocupado. Léa guardó silencio unos momentos mientras reflexionaba.
-Si lo del monstruo es real, entonces... entonces...-no conseguía seguir, era tan increíble que le costaba decirlo en voz alta. Buscó ayuda en los ojos de Will, pero él no parecía dispuesto a terminar la frase por ella. Léa se armó de valor.- Si el monstruo existe, entonces supongo que tiene sentido todo lo que me han contado mis padres acerca del Poder. ¿Es cierto, Will? ¿Es verdad que soy la Guardiana del Poder?
Will asintió con seriedad.
-Sí.
-Joder. Esto es muy grande para mí, demasiado grande. Yo soy completamente normal, ¿cómo voy a tener...? ¿cómo voy a poder...? -boqueó, agobiada. De pronto, alzó la cabeza con brusquedad y sus ojos buscaron los de Will.-¿Qué tienes tú que ver en todo esto?
El rostro de Will era un remolino de sentimientos encontrados cuando contestó:
-Yo formo parte de Les Gardiens de la Clé.
-¿Y qué hay de Marie?
-Ella también. Y mis padres.
Léa apartó la mirada y la paseó por el patio, escrutando cada detalle mientras reflexionaba y ponía sus pensamientos en orden. Notaba la mirada de Will sobre ella, pero se concentró en ignorarla.
-¿Cuál es exactamente la misión de Les Gardiens de la Clé?
-Bueno, tenemos varias misiones, pero nuestro cometido principal es proteger a la Guardiana; es decir, a ti.
-Todo este tiempo... todos estos años... tú, y Marie... habéis tratado de... ¿protegerme?
-Sí. Se nos encomendó esa misión cuando los tres éramos pequeños. Marie y yo hemos sido adiestrados para eso.
Léa guardó silencio durante un rato. Cuando habló, sus palabras rezumaban un dolor tan intenso que a Will se le hizo un nudo en la garganta.
-¿Quieres decir que todo el tiempo que hemos pasado juntos, que todas las cosas que hemos vivido, solo eran para vosotros "una misión"?
-Léa...
-Déjame seguir.- lo cortó Léa.-No sois mis amigos por lo que soy, sino porque no os ha quedado más remedio. No os acercasteis a mí porque quisisteis, tan solo porque teníais que hacerlo. Dios mío. Durante todos estos años me lo habeis ocultado todo. Sabíais lo de mis padres, sabíais lo que yo era; y no me dijisteis nada.
-¡No podíamos hacerlo! Era muy importante que no te enteraras hasta los dieciséis.
-¡No me importa!-gritó Léa.- Todo eso me duele mucho menos de lo que me duele el hecho de que seáis mis amigos por obligación, de que todo haya sido un montaje. ¿Cómo crees que te sentirías si descubrieras que tus dos mejores amigos se acercaron a ti porque era su misión? Dime, ¿te gustaría? No soy nada para vosotros; nada.
Se levantó de un salto, con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Will también se levantó. La agarró la muñeca tratando de retenerla y hacerle comprender, pero ella se apartó con brusquedad.
-Siempre he pensado que cuando no me quedara nada, que al final de todo, estaríais vosotros. Siempre pensé que vosotros estaríais ahí para mí, para todo lo que necesitara. Lo más auténtico que tenía en esta vida erais vosotros. Y ahora he descubierto que ni siquiera vosotros erais reales. Toda mi vida es una farsa.
Y sin decir nada más, sin despedirse siquiera, entró en casa, dejando a Will solo ahí parado, mirándola. Lo que Léa no pudo saber fue que, mucho tiempo después de que se hubiera ido, él seguía allí plantado, mirando fijamente la puerta. Y que Will, el chico que nunca lloraba, que no encontraba vía para su dolor, no pudo evitar que una solitaria lágrima resbalara por su mejilla hasta la comisura de sus labios.


Léa subió las escaleras corriendo, a ciegas. Tropezó un par de veces, pero sus reflejos eran muy buenos tras años de entrenamiento físico de kárate, así que consiguió recuperar el equilibrio antes de caer al suelo. Entró en casa hecha una furia y se detuvo en seco al ser recibida por un montón de maletas apiladas de cualquier manera en el vestíbulo.
-Léa…-Sandra apareció en aquel momento en la habitación cargando una pila de toallas. Miró a su ahijada con tristeza y cansancio .-Nos vamos de París.
-¿QUÉ?- exclamó la muchacha, furiosa y sorprendida. Hacía tan solo unos minutos, creía que su vida no podría ir a peor, pero por lo visto estaba equivocada.-¿POR QUÉ?
-Aquí no estamos a salvo.Después del ataque… tenemos que escondernos. No puedes quedarte aquí- le explicó quedamente su madre.- No será definitivo, solo nos iremos durante una temporada.
Léa asintió con la cabeza, solo pensar en aquella bestia le producía escalofríos. La furia que la embargaba minutos anteshabía sido enterrada por un nuevo sentimiento más fuerte que el anterior: resignación. Conocía a sus padres. Sabía que podía protestar y lamentarse durante días; ellos no cambiarían de opinión.
-¿Cuándo nos vamos?-inquirió con voz neutra y contenida.
-Mañana temprano. Recoge tus cosas, pequeña. -Se acercó a ella y le dio un beso en la frente. Léa hubiera querido apartarse, gritarle que no la tocara, que la dejara en paz, pero estaba demasiado cansada de todo como para reaccionar.-Siento que tengas que pasar por todo esto.
Léa no dijo nada. Se dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación. Abrió con fuerza y se tiró sobre la cama. Se quedó quieta contemplando el techo hasta que consiguió calmarse y pensar con claridad. Entonces se sentó con lentitud y paseó la mirada por la habitación detenidamente.
Su vista se deslizó por las estanterías repletas de libros, por las fotos y pósters que decoraban las paredes, por la ropa metida de cualquier manera en el armario cuya puerta estaba descuidadamente entreabierta y cubierta de fotos estropeadas por el paso de los años, las pilas  de papeles que se arremolinaban sobre la mesa y parte del suelo, la cama sin hacer que descansaba bajo ella, la mancha de nocilla en la moqueta. Aquella mancha llevaba allí tanto tiempo que Léa no podía recordar cuándo se produjo.
Sus ojos se toparon con algo en la esquina inferior de la pared, a unos treinta centímetros de altura, y se sentó en el suelo para verlo, aunque se sabía de memoria lo que ponía. Escrito con letras rojas de rotulador y con letra infantiloide se podía leer la siguiente inscripción "Léa & Will son los mejores amigos para toda la vida, siempre siempre y siempre". Léa lo miró fijamente, sumida en sus recuerdos. Will había escrito eso muchos años atrás; no debían de tener más de nueve o diez años. El niño había discutido con Marie y le había pegado. Ella había llorado muy fuerte y su padre se había puesto furioso con él. Will, asustado y triste, había huido de casa e ido a la de Léa. Le había contado a su amiga lo sucedido y le había dicho que no quería volver a casa, y ella le había dicho que no se preocupara, que se podía quedar a dormir con ella. Habían puesto unas mantas junto a la pared y Will se había tumbado allí a descansar. Mientras Léa dormía, agradecido, escribió aquellas cortas pero dulces frases en la pared. El tiempo las había emborronado un poco, pero más de seis años después seguían ahí, recordándole a Léa una promesa que de alguna manera había sido rota.
La joven apretó los puños y se mordió el labio inferior, tratando de contener el llanto. Se levantó con rapidez y se obligó a apartar a Will y a Marie de su cabeza.
Rescató a su iPod de una maraña de papeles y calcetines y se puso la música más estridente y ruidosa que tenía con el volumen al máximo. Puso todo su empeño en concentrarse en cada nota, en cada palabra, para olvidarse de todo lo que amenazaba con volverla loca. Mientras su cerebro se inundaba de frases y melodías, Léa comenzó a recoger sus cosas.


Media hora más tarde, la mitad del contenido de su armario descansaba sobre su cama y Léa resoplaba ante la perspectiva de meterla toda en una mísera maleta. Una hora después, milagrosamente, toda su ropa estaba colocada, más o menos, dentro de la maleta y Léa estaba sentada encima tratando desesperadamente de cerrarla. Cuando al fin lo consiguió, empezó a recoger el resto de sus pertenencias.
Se detuvo frente a la mesilla y cogió un multi portaretratos con cuatro fotografías. Las observó una por una: en la primera, Marie, Will y ella misma sonreían abiertamente a la cámara con la cara embadurnada de chocolate. De fondo se podía ver la cocina, que no ofrecía  mejor aspecto que ellos. En la segunda, los tres estaban sentados y abrazados; parecían muy felices. La tercera fotografía era de un fotomatón, los tres tenían caras raras con muecas grotescas y divertidas. En la cuarta, tres niños de unos siete años en bañador sonreían tímidamente tras una tarta con ocho velitas. Léa suspiró apesadumbrada y colocó el portafotos bocabajo sobre la cama. Le dolía pensar que todos esos recuerdos, todas esas risas, todos esos momentos, no eran nada en realidad. Se sentía furiosa y engañada, y no quería saber nada de sus amigos en una temporada.
Sin pensarlo más, sacó la maleta al pasillo y volvió con un par de cajas. En una de ellas metió toda la colección de libros de Harry Potter. Le hubiera gustado poder llevarse algunos más, pero le cupieron justos en la caja, así que, resignada, la cerró. En la otra caja colocó todos sus efectos personales restantes: sus CDs favoritos, su cuaderno, su cámara de fotos y alguna que otra cosa más. Embaló la caja y sacó las dos al pasillo. Después se volvió a su habitación y la contempló una vez más. Habían sido muchos años los que había pasado en aquella casa. Aquel había sido su hogar. Lo observó todo una vez más, y después, con un suspiro, cerró la puerta. Recorrió el pasillo con rapidez, mirando fijamente al suelo. Sin detenerse ni un segundo, dejó las cajas en el vestíbulo y bajó corriendo a la calle, con una maleta cargada de recuerdos y lágrimas tras ella.

12/6/11

Capítulo 2. Cuentos para niños

El inconfundible sonido de unas persianas abriéndose la despertó,y la irritante luz del Sol le dio de lleno en la cara. Se removió a regañadientes entre las sábanas,de malhumor, y se oyó murmurar:
-Mamá, estamos de vacaciones, déjame dormir un poco más.
-Me parece que ya has dormido suficiente tiempo, Léa - Respondió una voz conocida. Aunque no era la que ella esperaba.
Se incorporó sorprendida, y al instante un dolor atroz le partió la cabeza en dos. La vista se le nubló por un instante, y se aferró con fuerza a la cama con los puños, tratando de recuperar la compostura. Se llevó las manos a la cabeza, y palpó algo que se la envolvía: una venda. Estupefacta, miró a su alrededor. Logró enfocar a Marie, que la miraba expectante  en una posición que indicaba que había hecho el amago de levantarse e ir hacia ella pero que en el último momento había decidido que no era una buena idea.  Paseó la vista por el resto de la estancia. Su habitación estaba tan desordenada como siempre;con montones de ropa sobre la silla y la mesa y los libros del instituto tirados por el suelo.
Marie, que parecía haber cambiado de opinión, se levantó y se se sentó en la cama. La miró un momento y la estrujó en un fuerte abrazo. El ímpetu de Marie hizo que su dolor de cabeza aumentara y su vista se nublara de nuevo, pero no la apartó. Era justo algo como eso lo que necesitaba para sentirse bien.
-Estábamos muy preocupados-le dijo Marie, abrazándola aún más fuerte- Creíamos que ya no ibas a despertar.
-Marie, acabo de despertarme, me duele muchísimo la cabeza y tengo una venda en la cabeza que no sé cómo ha llegado ahí ni por qué -replicó Léa, enfadada.- Así que te agradecería que me dijeras qué es lo que pasa, en vez de decir cosas que sólo me confunden.
Marie se separó de ella y la miró consternada, agarrándole los hombros. De pronto, dio un brinco y se puso en pie.
-Mierda, se me olvidaba.Tengo que avisar a tu madre. No te muevas de aquí - Léa soltó una risita irónica y masculló algo que sonó como "En todo caso, ¿a dónde iba a ir en este estado?" pero Marie ya había salido corriendo .Aún estando confusa y enfadada, Léa no pudo evitar sonreír. Marie siempre era así, tan vívaz y sonriente que te acababa contagiando su felicidad. Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella.


Pero ese optimismo y felicidad solo duraron unos segundos. Sin Marie y su sonrisa, la confusión y las preguntas sin respuesta volvieron a ocupar toda su mente. Había vuelto a tener una pesadilla, pero esta vez había sido tan real...
No la recordaba con perfecta claridad. Sabía que era algo relacionado con su cumpleaños, con Will ,con un monstruo de garras afiladas, con un golpe en la cabeza...Se tocó la cabeza en busca de un chichón,y ahí estaba, en su nuca, enterrado tras varias capas de tejido antiséptico. Soltó un grito de histeria y comenzó a sacar conclusiones. Pero no tardó mucho en regañarse a sí misma.
"No,no, no, no. No puede ser. No seas estúpida, los montruos no existen"
Se sintió como una niñita inocente al haber pensado algo tan tonto. Con mucho esfuerzo, bajó de la cama en busca de respuestas, olvidando las palabras de Marie, y se dirigió a la puerta. Cuando aún no había agarrado el pomo de la puerta,ésta se abrió de pronto y le asestó un golpe en plena cara.
-¡LÉA! ¡Ay, Dios!  ¡Lo siento cariño, no te había visto!-gritó su madre mientras la ayudaba a levantarse del suelo.

Léa se acomodó en el sofá del salón. Sus padres habían prometido darle explicaciones si se daba una ducha primero, al fin y al cabo, según había podido deducir, llevaba varios días inconsciente y seguro que no olía de una forma muy agradable. El agua le había relajado y le había aclarado un poco las ideas. No había podido parar de pensar, de darle vueltas a todo y de tratar de encontarle sentido, pero no había llegado a ninguna conclusión razonable. Marie se había marchado a casa tras darle un abrazo a Léa, y le había avisado de que dentro de un rato Will se pasaría a visitarla.
Sus padres estaban sentados en el sofá de enfrente. Léa los observó con detenimiento. Sandra estaba muy nerviosa, cosa que no era habitual en ella. Siempre había estado muy segura de todo, sobre todo cuando se trataba de no dejar a Léa volver después de las 10. Llevaba el liso y pelirrojo  cabello recogido en una coleta y vestía ropas sencillas; una camiseta amplia y vaqueros.
Su padre, Nicolas,estaba sentado al lado,con un rostro muy serio,nada que ver con su habitual sonrisa y sus gafas torcidas.
Los dos tenían aspecto cansado, con ojeras bajo los ojos.
-Léa...-comenzó a decir su madre.- Déjanos que te contemos una historia. Es posible que te parezca un cuentecillo, una simple historia para niños, pero presta atención porque es muy importante.
Léa asintió, cohibida ante tanta seriedad. Y se dispuso a escuchar a su padre.




-Hace miles de años un poder llegó hasta las manos de los hombres.  Hay mil historias diferentes, culturas y religiones que  lo explican de diferente manera; pero al fin y al cabo todas quieren decir lo mismo.¿Conoces la historia del arca de Noé?

Léa asintió, y Nicolas prosiguió.

-El Génesis, el primer libro de la Biblia, afirma que Dios, al ver el mal que causaban los seres humanos, quiso acabar con su existencia. Pero había un hombre que merecía vivir, y ese era Noé. Dios mandó a Noé construir una arca para él, para toda su familia y para parejas de distintas especies animales. Dios hizo descender sobre la Tierra al peor diluvio de todos los tiempos, el gran diluvio universal. Llovió sin parar durante cuarenta días, y cuando las condiciones lo permitieron, Noé y su familia reconstruyeron la vida en la Tierra.

Léa miró atónita a sus padres. Su familia era atea, y no entendía a qué venía esa trola de la Biblia, que era totalmente surrealista. Desde luego, había que ser tonto para creérsela.

-La versión griega no es muy distinta: Zeus ordenó a Poseidón que provocara un diluvio que acabase con la existencia humana, porque los hombres habían aceptado el fuego que el dios Prometeo había robado del Olimpo. El mortal Deucalión y su esposa fueron los únicos supervivientes, porque Prometeo les había advertido anteriormente y les había ordenado construir un arca y rescatar parejas de animales.


Nicolas hizo una pausa y luego prosiguió.
-La cultura hindú cuenta que  un rey llamado Manu fue avisado del diluvio por una encarnación de Visnú en forma de gigantesco pez, llamado Matsya. Matsya arrastró el barco de Manu y lo salvó de la destrucción. El diluvio hindú fue mucho más devastador, ya que el agua no provenía de las nubes de nuestro planeta, sino que provenía de una creciente del océano que se encuentra en el fondo del universo.
También hay otras culturas menos conocidas que tiene su propia explicación para lo sucedido. La cultura Mapuche, por ejemplo, lo explica mediante la siguiente leyenda: hace millones de años había dos serpientes, una llamada Treng treng vilu, protectora de los hombres, y otra llamada Caicai vilu, enemiga acérrima del género humano. Un día, los humanos fueron advertidos por Treng treng vilu de que la culebra enemiga les preparaba un exterminio mediante una terrible salida del mar y les instó a refugiarse en el cerro sagrado que ella habitaba, a donde sólo acudieron unos pocos. Los refugiados se salvaron y los que fueron alcanzados por las aguas quedaron convertidos en peces, cetáceos y rocas.

Léa estaba totalmente abstraída. Nicolas solía contarle historias así para dormirla por las noches cuando era niña, pero nunca había funcionado del todo bien: una vez que empezaba un cuento, Léa, intrigada, solía preguntarle más y más hasta que el que acababa dormido era él.

-A lo que quiero llegar, Léa, es a la historia de “les gardiens de la Clé”, a NUESTRA historia.

“¿Nuestra?¿de qué está hablando?”


-En realidad, nuestra historia es sólo una pequeña parte de otra, la primera que te he contado: la versión bíblica. La sociedad machista en la que vivimos ha olvidado su nombre, y ha decidido darle el mérito a un hombre. Naama era la joven prometida de Noé. Fue muchísimo más importante que el propio Noé; gracias a ella todo es como es hoy en día.
Los hechos no son muy claros, y no se sabe a ciencia cierta de dónde provino el poder. Algunos dicen que un ángel bajó de los cielos y se lo entregó a Naama con el fin de acabar con la corrupción y la maldad. Otros dicen que fue el mismo Lucifer, que pretendía acabar con la vida humana. Lo que sí que está claro es que Naama, después de buscar durante años a las personas que merecían sobrevivir y formar el grupo de los “gardiens de la Clé”, usó el poder, provocando el diluvio universal. Después de ello, la Clé sobrevivió y repobló la Tierra. Hoy en día, el poder sigue entre nosotros. Naama se lo cedió a su hija, y así sucesivamente. El Poder sigue hoy en la Tierra, en manos de la última descendiente de Naama, para volver a acabar con la maldad si es necesario. Tu madre fue su portadora durante un tiempo, y después te lo cedió a ti.  Tú eres la actual Guardiana del Poder.
-¿Soy la Guardiana? ¿Tengo un Poder? ¿Mamá me lo cedió? - Desbordada, Léa buscó a su madre en busca de respuestas.
Ella bajó la cabeza, avergonzada. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas, y Nicolas la abrazó por los hombros. Ella movió la boca tratando de decir algo, pero las palabras se ahogaron en lágrimas. Finalmente, alzó la cabeza y susurró:
-Tu verdadera madre.
Aquellas palabras golpearon a Léa como un puñetazo en el estómago.
-¿Mi... verdadera.. madre...?-dijo a bocanadas al cabo de un rato.
Sandra rompió a llorar con más intensidad, y Nicolas la abrazó más fuerte. Mirando a Léa, continuó.
-Tus padres biológicos están muertos. Sandra y yo éramos sus mejores amigos, así que te hemos cuidado en su lugar.
Léa asimiló las palabras con lentitud. Unos minutos después encontró la voz suficiente para preguntar:
-¿Cómo murieron?
Sus padres intercambiaron una mirada nerviosa. Luego, Sandra se aventuró a hablar.
-Los asesinaron. La Orden del Cuervo los mató. Se colaron en la fortaleza en plena noche e iniciaron una guerra. Buscaban el poder, pero no lo consiguieron. Tú te lo llevaste.
 Léa se quedó en silencio. Sandra se levantó e hizo un ademán de abrazarla, pero Léa se apartó y se levantó.
-Léa...-el dolor quebró la voz de su madre.
-Necesito un rato para pensar.- Se levantó lentamente, sin ser plenamente consciente de la situación, y echó a andar hacia la puerta principal. Salió a la calle corriendo, sin mirar atrás.

15/5/11

Capítulo 1: Miradas y engaños

Abrió los ojos jadeante, escapando súbitamente del sueño.

Estaba sudorosa, con el pelo pegado a la sien y el corazón latiéndole de forma irregular. Miró el reloj. Eran las siete de la mañana. Decidió levantarse y darse una ducha; nada le vendría mejor en aquella calurosa mañana de mediados de junio. El agua fría le relajó los músculos, y también le aclaró las ideas. Se entretuvo haciendo burbujas de jabón, tratando de echar de su mente los llantos de aquel bebé que aún retumbaban en sus oídos, una y otra vez. Nunca le había dado demasiada importancia a los sueños, pero ese en particular había sido tan vívido…como si se tratase de un recuerdo en lugar de una pesadilla. Trató de convencerse a si misma de que no era real, sin resultado.
Salió de la ducha y cogió su toalla. Se envolvió con ella para secarse y se dirigió al espejo. Lo contempló un instante, y luego recordó algo que había olvidado con el susto del sueño. Sonrió. Aquel era su último día de clase antes de las vacaciones de verano. También aquel día cumplía un año más.16, para ser exactos. Movida por un impulso infantil, dibujó una carita sonriente en el espejo lleno de vaho. Había esperado mucho tiempo ese día, y por fin estaba allí. Se observó en el espejo, analizando los cambios que se habían producido en ella últimamente. Casi ni se podía reconocer. Su ondulado cabello oscuro había crecido  y sus ojos se notaban diferentes, más azules, más grandes…sus rasgos también se habían afinado, y habían perdido la redondez de la infancia. No sabía cómo explicarlo, pero aquel día se sentía una persona nueva, con una vida nueva.
En la cocina la estaban esperando sus padres. Le cantaron el feliz cumpleaños y la abrazaron. Le habían preparado una tortilla francesa con tostadas y unos croissants. Ella sonrió con alegría, aquel día prometía.
-Feliz cumpleaños, Léa-le dijeron sonrientes. Pero Léa notó que esa felicidad no les llegaba a los ojos, que había preocupación en los semblantes de sus padres.
-¿Ocurre algo?
-No, hija ¿qué va a ocurrir?-dijo su madre con una risita nerviosa.-Anda, vete ya al instituto que vas a llegar tarde. Cuando vuelvas te espera una sorpresa....
Léa la miró un momento y luego se encogió de hombros. Sabía muy bien que, por mucho que insistiera, no le dirían nada.



Media hora después, Léa salió corriendo de casa, colocándose aún el pelo. No sabía qué le había pasado aquella mañana, pero había tardado una eternidad en elegir la ropa. Normalmente no era así, pues a Léa no le importaba demasiado la moda. Le gustaba vestir sencilla y cómoda, con un toque personal tal vez, pero sin destacar. Así que tras muchas idas, venidas y cambios de opinión, se había decidido por unos pantalones cortos de tela vaquera rasgada y deshilachada, unas medias algo oscuras para disimular el paliducho color de sus piernas, una camiseta roja y sus queridas e inseparables converse negras. Se pasó los dedos por los cabellos, aún húmedos, y se los apartó de la cara, impaciente. Sacó su iPod de la mochila y echó a andar hacia el instituto, dejando que la música invadiera su mente. En realidad, Léa podría ir al instituto en el autobús escolar, pero le gustaba caminar por París a esas horas, sobre todo los días nublados. Le gustaba mirar la cara de la gente con la que se cruzaba, y se divertía inventándose una vida para cada persona. Fijándose en su expresión, trataba de averiguar qué le habría pasado a aquella persona para estar en el estado de ánimo que se vislumbraba en su rostro. Por desgracia, la mayoría de las expresiones a las ocho de la mañana denotaban tristeza y malhumor, pero lograba cruzarse con al menos una persona al día que pareciera estar feliz.
Aquella vez  no fue una excepción: una mujer pelirroja y regordeta, que escondía una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Para Léa, la mujer sonreía porque estaba recordando algún momento del fin de semana con su familia. Los imaginó a todos juntos: su marido, más alto que ella, calvo y con gafas; abrazándola por los hombros mientras ella sonreía ampliamente, lo que le provocaba una pequeñas arruguitas bajo los ojos; y sus hijos, una pequeña niña pelirroja de seis años con trenzas rematadas en grandes lazos verdes y un niño de nueve años con una cresta levantada con mucho esfuerzo y un balón de fútbol sujeto entre sus manos, como si fuera lo más importante en el mundo. Léa sonrió ante la imagen mental que se había formado en su mente.
Tras cruzarse con la mujer, siguió caminando, con la música retumbando a un volumen poco saludable en sus oídos. Y entonces, un joven pasó como una sombra a su lado, y ella sintió un escalofrío que le recorrió la columna y le hizo estremecerse. Se giró rápidamente, a tiempo de ver su cara un segundo, pero fue suficiente: unos ojos verde intenso se clavaron en los suyos, fríos e intensos, y ella se quedó sin respiración. Se detuvo en seco, y durante un instante, ahí, parada en el medio de la calle, siguió contemplando aquellos ojos, hasta que su portador se giró bruscamente y siguió su camino. Se quedó allí un poco más, sin decidirse del todo a moverse. Se había quedado tan ensimismada en aquellos ojos que apenas se había fijado en el aspecto del joven. Se puso de puntillas, tratando de verlo alejándose por la avenida. Todo cuanto pudo deducir fue que era alto y fuerte.Se esforzó por recordar el momento en el que sus ojos se habían topado con los suyos, y trató de recordar algo más, pero todo lo que obtuvo fue una visión borrosa del rostro y unos vestigios del pelo, marrón y lacio, que caía sobre su frente.
Léa trató de moverse una vez más, pero algo de aquel chico le había impactado mucho.
En todos los rostros que había examinado en sus juegos matutinos, había encontrado alguna emoción: felicidad, ilusión, mal humor, cinismo… pero aquel había sido único, había algo que lo hacía diferente. Se preguntó si habrían sido sus ojos. “No” se dijo “Ha sido otra cosa”.
El rostro de aquel muchacho era una máscara en todos los sentidos. No transmitía nada. Absolutamente nada.



Una vez en clase, se vio envuelta por un asfixiante abrazo de Will, su mejor amigo.
-Felicidades-Le susurró al oído.-Tengo una cosita para ti.
Le tendió un pequeño paquetito.
-No tenías por qué- dijo Léa, mientras iba abriéndolo con una ancha sonrisa.-Pero gracias por el detalle.
Era una cadena con un zafiro. La pequeña piedra relucía, como rezumando alegría. Léa lo acarició con los dedos, maravillada.
-Es precioso...-susurró.
-Al verlo me recordó al encantador color de tus ojos.-comentó Will mientras le ponía el collar. Léa sonrió, divertida. Will siempre decía cosas así.
Will empujó a Léa hasta su pupitre, y ambos se sentaron encima de una de las mesas.
-Bueno, y ¿cómo te sientes?-inquirió Will una vez que ambos estaban acomodados encima de la mesa. Léa notó un destello de preocupación en sus ojos, al igual que con sus padres.
-¿Cómo quieres que me sienta?-Replicó, contestando a su pregunta con otra.-Solo cumplo un año más, como en todos mis otros cumpleaños.
Pero Léa sabía que eso era mentira. Nunca antes había sentido nada igual, veía el mundo de distinta manera, sentía que algo había cambiado, que ella había cambiado.
Will la miró y abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera decir algo la puerta del aula se cerró con fuerza y unos tacones delataron la entrada de la profesora de Literatura.
Léa se deslizó hasta su silla. Empezar el día con clase de Literatura era sin duda un punto a favor. Ella adoraba la Literatura, y además la impartía  Lucy Primtemps, su profesora favorita. La joven docente parecía sentir, además, un cariño y predilección especiales hacia Léa.
Sin embargo, aquel día la profesora no parecía encontrarse con su buen humor habitual, sino con un gran ataque de nervios. Después de que un par de personas dijeran que no habían hecho los deberes, la mujer perdió la paciencia y les mandó a todos unos ejercicios para ocupar el resto de la hora.
Léa los hizo en silencio, ya que su compañera no había ido aquel día. Cuando acabó, paseó la mirada por la clase. Todos hacían los ejercicios sin entusiasmo y con desgana, introduciendo conversaciones triviales que Lucy decidió ignorar.
Will charlaba con su compañera. Parecía estar contándole algo muy gracioso, porque la muchacha no paraba de reírse a carcajadas. Léa se sintió repentinamente invadida por un acceso de celos. Suspiró. Miró a Will con más detenimiento: su pelo rubio y muy liso caía desordenadamente sobre sus ojos marrones y tranquilos. Había mirado tantas veces aquellos ojos que creía conocerlos mejor que a los suyos propios: cada vez que tenía un problema, y estaba triste o enfadada, se refugiaba en los ojos de Will. Allí todo era mucho más fácil. él tenía, de alguna forma, una habilidad especial para apaciguarla y hacerle ver las cosas de otra forma. Léa era a menudo demasiado nerviosa, y Will era tan tranquilo y protector... Había llegado a quererlo muchísimo, tal vez demasiado. Últimamente se estaba preguntando si no sentía algo por él que iba  más allá de la amistad...pero no, aquello no podía ser. Él jamás sentiría algo por ella... Will era muy guapo, mucho más de lo que ella podría llegar a soñar. Ella no era guapa. Su pelo negro era demasiado rebelde, con aquellos bucles imposibles de peinar. Sus ojos azules no eran en absoluto especiales; en Francia había mucha gente con los ojos azules. La nariz era demasiado respingona y su sonrisa deformaba en exceso sus rasgos. Nunca se había fijado en ella ningún chico. Will, por el contrario, había tenido muchas novias. También Marie, la hermana melliza de Will, había tenido unos cuantos chicos en su vida.
Pero ella nunca había tenido ninguno, ni había estado cerca de tenerlo. Además, no se había enamorado nunca. Por eso había llegado a pensar que quizá era  porque su corazón ya estaba ocupado por alguien, aunque ella no se hubiera dado cuenta. Sacudió la cabeza. Tendría que hablar con Marie de aquello. Marie era su mejor amiga, y también era la hermana de Will. Eran mellizos. El hecho de que fueran hermanos no significaba que se contaran todo entre ellos, y Léa sabía que cuando le contaba algo a Marie que Will no podía saber, ella cerraba la boca. Y lo mismo ocurría en caso contrario.
¿Dónde se habría metido Marie? No la había visto por la mañana. Curiosa, arrancó un trozo de papel de su cuaderno y garabateó "¿Está bien Marie? No la he visto esta mañana". Enrolló el papelito y alzó la vista. La estúpida compañera de Will estaba recostada contra él, fingiendo preguntarle algo sobre sus deberes, que estaban encima de la mesa. Léa trató de frenar su rabia, pero no funcionó. Deseó con todas sus fuerzas poder estar ante ella en aquel momento para poder ajustar cuentas como era debido: mediante el kárate. Para ella, la forma de solucionar todos los problemas con su genio era el kárate. Una llave, un movimiento, un golpe. Léa había encontrado, durante años, su paz y su equilibrio en aquel arte tan antiguo. Sin embargo, en ese momento no podía hacerle una llave, y aquello incrementó su rabia. Antes de poder controlarse, lanzó el papelito con todas sus fuerzas directo al ojo derecho de la muchacha. El proyectil le dio de lleno y la chica lanzó un grito de dolor. Léa la contempló, estupefacta. Jamás antes había sido capaz de hacer semejante lanzamiento; la puntería nunca había sido una de sus cualidades. Recordó las múltiples sesiones de cine con Marie y Will, donde los tres hacían guerras de palomitas, tratando de metérsela por la camiseta a los demás. Ella jamás había sido capaz de hacerlo. Estaba tan sorprendida que no se dio cuenta de que Will la estaba llamando hasta que este le tiró un papelito. "¿Por qué has hecho eso? Se le ha puesto el ojo rojo...Sí, está bien. Su profesora de Matemáticas está de excursión y han dejado a su clase quedarse en casa esa hora, así que se ha quedado durmiendo". Léa alzó la mirada hacia la chica. Gimoteaba y trataba de conseguir que Will la consolara, pero él no la miraba; estaba mirando a Léa. Ella sonrió y se encogió de hombros, articulando con los labios "ha sido sin querer". Will sonrió condescendiente, y Léa se preguntó una vez más qué era lo que sentía por él.



El resto del día transcurrió sin novedad. Las clases se sucedieron una tras otra, como en un borrón que, cuando ha pasado, no eres capaz de recordar con exactitud, porque carece de importancia. Léa pasó todo el día sintiéndose extrañamente diferente. Era la misma sensación que la había atenazado desde que se despertó, y ahí seguía, persiguiéndola, sin permitirle concentrarse en las tareas. El llanto del bebé de aquel sueño seguía en su cabeza, y aquello estaba desquiciándola.
Las clases llegaron a su fin, y Léa, aliviada y feliz, se dirigió a la mesa de Will con la mochila colgando de un hombro y los cascos de su iPod sobresaliendo del bolsillo pequeño. Will sonrió al verlo y tiró de la mochila de Léa hacia atrás, sólo para chincharla. Ella se quejó y lloriqueó, y él se rió de ella. Léa se paró a pensar un momento cuántas escenas como esa se habrían dado a lo largo de sus vidas, pero habían sido demasiadas como para recordarlas.
-¿Qué quieres hacer esta tarde? Ya que es mi cumple, propongo un plan especial para los tres, ¿qué te parece?- inquirió Léa con una gran sonrisa.
Will empezó una frase, pero sus palabras se perdieron en medio de un gran estrépito. Ambos se giraron en redondo: un monstruo del tamaño de un león con alas acechaba desde el fondo de la clase, mirándolos fijamente. A su alrededor había pedazos de cristal; el monstruo había entrado por la ventana. Léa lo miró horrorizada. El bicho era negro y aterrador. Sus alas, rematadas en pinchos, eran del tamaño de un brazo y medio. El cuerpo estaba recubierto por lo que parecía una especie da caparazón con un extraño brillo metálico. Sus cuatro extremidades acababan en garras de uñas negras y afiladas.
El animal (o lo que fuera) los miraba fijamente con las fauces abiertas y batiendo las alas. Léa notó que, a su lado, Will se movía. Lo miró de reojo, sin atreverse a perder de vista al monstruo: estaba hurgando en su mochila. Parecía buscar algo en concreto. Léa, aunque estaba bloqueada y entumecida, llegó a preguntarse  para qué pensaba Will que les iban a ayudar unas tijeras contra aquella bestia, justo antes de que la mole cayera sobre ella. No tuvo tiempo ni de gritar. El monstruo estaba sobre ella, la aplastaba con su enorme cuerpo. Sus dientes chasqueaban peligrosamente cerca de la cara de la muchacha, la cual, desesperada y aterrorizada, apenas se atrevía moverse. La bestia se acercó aún más a ella, y ella cerró los ojos con fuerza, esperando su final.
De pronto, la presión sobre su cuerpo desapareció, y Léa abrió los ojos. A pocos metros de ella, el monstruo se incorporaba de nuevo, mirando algo que parecía estar por detrás de ella.Se giró, para descubrir a Will, con el cuerpo en tensión y blandiendo una daga en su mano derecha. Sus ojos destilaban determinación y seguridad. Su imagen era, en conjunto, amenazadora. Lo contempló con la boca entreabierta. ¿Era aquel el mismo Will que, con siete años, se había encerrado en su habitación durante una semana porque se había muerto su pez? Léa sacudió la cabeza, confundida.
Will, sin apartar la vista del monstruo, avanzó hacia ella y la levantó con un solo brazo. Ella se levantó, y estuvo a punto de volver a caer, los músculos de sus piernas parecían haberse convertido en gelatina. Sus ojos seguían fijos en la criatura, y su cerebro se encontraba en un estado de embotamiento del que no parecía muy dispuesto a salir. Sintió que Will le tendía algo y la zarandeaba, tratando de hacerla reaccionar. Alzó los ojos hacia él y vio que sus labios se movían como si estuviera hablando, pero ella no oía ningún sonido. Sacudía un objeto alargado delante de su cara, y al fin Léa entendió.
-Cógelo Léa; cógelo y escóndete detrás de mí.
Ella, con increíble lentitud, agarró la daga y permitió que Will interpusiera su cuerpo entre ella y la bestia, la cual se hallaba ya peligrosamente cerca. Will blandió su cuchillo y se lo lanzó al monstruo. El metal rebotó contra el caparazón y cayó al suelo junto al monstro. Este, que parecía no haberse percatado del ataque que acababa de sufrir, continuó su avance inexorablemente.
Sin parar un segundo a pensar, Will extrajo otro cuchillo de su cinturón. Lo agarró con firmeza, y esta vez aguardó el momento propicio para lanzarlo. Cuando el monstruo estaba tan cerca que Léa podía respirar su fétido aliento, Will lanzó el cuchillo directo a la cabeza del animal. Este se hundió en la carne, y sangre negruzca salió a borbotones de la herida. El monstruo, dando bandazos, trató de seguir hacia delante. Will se echo hacia atrás sin previo aviso para esquivar un zarpazo y Léa, pegada a su espalda, no pudo reaccionar a tiempo y, con un traspiés, cayó a un lado. Lo último que sintió antes de que la oscuridad lo invadiera todo, fue un dolor agudo en la cabeza, y la voz de Will gritando ¡Léa!". Pudo ver al monstruo, ya muerto, a sus pies, su mano soltó la daga y esta cayó al suelo con un ruido tintineante. Luego, silencio. Y oscuridad, negra y densa oscuridad.

13/4/11

Prólogo

Era noche cerrada, y la pequeña fortaleza se hallaba sumida en las sombras y el silencio. Un hombre se aproximaba a ella por el bosque colindante, ocultándose tras los troncos de los árboles y envuelto en oscuras ropas. Parecía una sombra más del bosque, oscura y siniestra. El hombre se detuvo en la linde del bosque y observó el castillo con detenimiento. La oscuridad era tal que apenas se podían distinguir la silueta, recortada sobre el cielo. El hombre se levantó la capucha para ocultar sus rasgos y echó a andar hacia la edificación. Caminaba con resolución y sigilo…tanto es así, que más que andar parecía que flotaba; sus pies apenas tocaban el suelo.
La figura se acercó a la construcción sin que se produjera ningún cambio. En aquel momento oyó un ruido a su izquierda y se giró, preparado para defenderse. De entre los árboles salieron varios hombres, todos vestidos de forma similar a él, con la cabeza cubierta por una capucha. La luna reflejaba el brillo de los metales forjados de las espadas y puñales que todos portaban medio escondidos entre sus ropas. El hombre quedó enfrentado a la pandilla y durante unos momentos se examinaron mutuamente. Finalmente, el primer hombre rompió el silencio.
-¿Os envía Julien? –preguntó con sequedad.
Uno del grupo, el que parecía ser el líder, se adelantó.
-Sí. Nos envían desde Alemania. También somos parte de la Orden del Cuervo.
-Demuéstralo. –exigió el otro, inalterable.
El enviado de Julien asintió casi imperceptiblemente con la cabeza y se bajó con brusquedad la manga del brazo derecho. Allí, en la palma de su mano, en la parte mas cercana a la muñeca, se distinguía un pequeño dibujo grabado a tinta negra: un pluma de ave. Al mirarla, parecía como si esta cobrara relieve y pudieras sentir su suave tacto al acariciarla.
El hombre dejó que el otro lo contemplara unos instantes y luego dejó caer de nuevo la manga.
-Ahora, demuéstralo tú.
El otro asintió e imitando al enviado alemán bajó su manga. Ambos miraron el tatuaje durante un segundo, luego el enviado habló:
-Bien, veo que estamos todos en el mismo barco. Soy Brune y estos son mis hombres. Supongo que tú eres Sebastián. Eres muy conocido entre los miembros alemanes de la Orden.
Sebastián sonrió con frialdad durante un segundo, luego dirigió la mirada hacia la fortaleza.
-Atacaremos desde varios flancos-ordenó, sin más dilación. –Os dividiréis en tres grupos y atacaréis cada uno por un flanco: trasero, derecho e izquierdo. Cuando hayáis sembrado el caos, y sin que ninguno de ellos se dé cuenta, uno de vosotros irá y me abrirá la puerta principal. Acabaremos con esto rápido. Y sobre todo – su tono se volvió tan afilado que podría haber cortado el aire – no olvidéis que ella es mía. Como alguien se me adelante, que se prepare para lo que le esperará.
Todos asintieron en silencio, y siguiendo una orden que no se pronunció echaron a andar hacia la fortaleza.
Al llegar a una distancia razonable, los hombres alemanes dejaron a Sebastián y se dividieron en tres direcciones. Sebastián los contempló marcharse mientras la Luna, como presintiendo lo que iba a ocurrir, se escondía detrás de una nube grande y negra. Alzó un momento la mirada y su  boca se perfiló en una perversa sonrisa, sin sentimiento.
Vislumbró a los enviados alemanes introducirse en la fortaleza mientras pasaba los dedos con suavidad sobre la afilada vaina de su espada. Imaginó la cara que pondría ella cuando lo viera, y saboreó la victoria por adelantado. Inmerso en estos pensamientos, esperó.
No habían transcurrido más de tres minutos cuando empezaron a oírse ruidos. Sebastián avanzó con sigilo hasta la puerta principal. Al tratarse de un castillo medieval, era un enorme puente levadizo que bajaba al activarse unos goznes. En aquel momento se empezó a oír el ruido que producían las gruesas cadenas al deslizarse para abrir el portón. Un par de minutos después, Sebastián contemplaba el vestíbulo principal del castillo. Ver por dentro el lugar donde vivían sus enemigos más acérrimos provocó que un odio y aversión enormes se abrieran paso desde su corazón. Les Gardiens de la Clé...Ah, cómo detestaba a aquellos estúpidos. Cómo deseaba matarlos y obtener aquello que ellos poseían. Cómo deseaba eliminarlos de la faz de la Tierra y no volver a verlos nunca más.
En aquel momento, una mujer pasó corriendo desbocada por el vestíbulo. La mujer estaba a todas luces huyendo de alguien, y giraba todo el rato la cabeza, esperando haber dado esquinazo a su perseguidor. Era menuda y esbelta, con unos lustrosos rizos negros desparramados desordenadamente por su espalda y su bonita cara. Sebastián la reconoció de inmediato, y sintió que el odio de segundos atrás se abría paso en su pecho, mezclado con algo más que no supo identificar. Dio un paso hacia delante y la mujer frenó su desesperada carrera para girarse a mirarlo. Sebastián sonrió para sus adentros…aquella mujer, a pesar de su aparente delicadeza, parecía de aquellas que pueden saltarte encima y matarte sin dudarlo para defender lo que es importante para ellas.
La mujer lo miró con una inmensa repugnancia y odio en sus ojos.
-Supongo que tu eres el líder de todos los desgraciados que están asesinando a mis compañeros… bien, sabía que los miembros de la Orden erais lo peor de este mundo, pero entrar en nuestra fortaleza por la noche y asesinarnos a todos a sangre fría cuando no estamos preparados para defendernos es algo que pensaba que ni vosotros erais capaces de hacer.
Sebastián sonrió y subió las manos hacia la cabeza.
-Vaya, Elisabeth…¿así es como tratas a los viejos amigos? –dijo con una sonrisa, mientras apartaba finalmente la capucha.
Elisabeth abrió los ojos. Todo el odio y la repugnancia fueron sustituidos por un indescriptible miedo que ella ni siquiera trató de ocultar.
-¿Sebastián? Yo…-balbuceó; parecía incapaz de encontrar algo adecuado que decir. Guardó silencio durante unos instantes. Luego, su expresión cambió y su figura se enderezó. Miró fijamente al intruso a los ojos; el miedo había desaparecido de los suyos. –Tú y yo no somos amigos. Tal vez lo fuimos en el pasado, pero me demostraste el tipo de persona que eres y te eché de mi vida para siempre. Eres sólo... basura.
Sebastián observó la mueca asqueada que se formó en su cara, y no le cupo ninguna duda de que se estaba conteniendo para no escupirle. Sintió ganas de propinarle un puñetazo, pero se contuvo. Pronto saldaría sus cuentas.
-Verás Elisabeth, tú puedes pensar que no, pero lo cierto es que tuviste un lugar importante en mi vida. Éramos buenos amigos, pero me abandonaste y me hiciste sufrir.
-Querrás decir más bien que me fui antes de que pudieras conseguir lo que querías de mí. –contestó Elisabeth con una amarga carcajada.
Sebastián sonrió de nuevo, divertido.
-Vaya Elisabeth, no se te escapa una. Sin embargo, aquel fue solo un pequeño contratiempo. No lo conseguí entonces, pero lo conseguiré ahora, y de paso saldaré mis cuentas contigo.
Elisabeth lo miró con los ojos entrecerrados.
-¿Y qué vas a hacer, matarme? ¿Sabes qué? Mátame si quieres. Mátame ahora mismo; no conseguirás el Poder. –Hizo una pausa y sonrió sin alegría.- Ese es tu fallo, Sebastián, nunca entendiste lo que significa ser la Guardiana del Poder.  Mátame, tortúrame incluso, si quieres, pero no lo conseguirás.  ¿Qué crees, que me importaría morir ahora  mismo? Gracias a ti y a tu mezquindad, todos mis amigos, mis hermanos, deben estar muriendo ahora mismo… mi marido… -bajó la mirada y tragó saliva con fuerza. Una lágrima descendió por su sonrojada mejilla.- Si me mataras, me harías un favor. No quiero vivir sin él. Pero te aseguro que no conseguirás lo que andas buscando. Ni aunque pases sobre mi cadáver, cosa que no dudo que harás.
Guardaron silencio un instante, contemplándose mutuamente. Así callados, pudieron escuchar el sonido de la batalla: el entrechocar de las espadas, los gritos… el llanto de un bebé. En aquel momento, Brune bajó la escalera con una antorcha en su mano izquierda. Pasó por un tapiz con el emblema de La Clé y le arrojó la antorcha con un grito de guerra. El fuego empezó a extenderse rápidamente, y todos los estandartes, cuadros y banderas sucumbieron rápidamente a su destructivo poder. La escalera fue pronto devorada por las llamas, dejando a los de arriba sin posibilidad de bajar. Sebastián sonrió. No quedaría nadie vivo aquel día; acabarían con todos. Elisabeth se volvió hacia él con lágrimas brillando en sus ojos y un indescriptible dolor en su mirada.
-Mátame ahora, Sebastián, es el momento que siempre esperaste. Estoy sola, desesperada e indefensa, y ni siquiera quiero seguir viviendo. Mátame, salda tu cuenta, vive “feliz”. Mátame. Hazlo. Rápido.
Elisabeth cerró los ojos y respiró hondo, parecía estar concentrada en algo. Sus labios empezaron a murmurar, quedas palabras que se ahogaron en el crepitar de las llamas. Juntó las palmas de las manos sobre el corazón y las extendió hacia fuera. Algo brilló entre sus manos, una esfera brillante, algo que parecía poderoso e increíblemente delicado. Sebastián gritó lleno de frustración y en un desesperado intento por detener a Elisabeth, le hundió la espada en el pecho. Ella no hizo ningún ruido, nada. Simplemente esperó, y cuando la esfera desapareció de sus manos, cayó al suelo.
-Llegaste tarde, Sebastián. Una vez más, llegaste tarde.
El llanto de aquel bebé se hizo más fuerte, hasta ahogar cualquier otro sonido. Elisabeth se concentró en eso y dedicó su último pensamiento al bebé .Sonrió y tras un último suspiro su corazón dejó de latir, mientras el llanto crecía y se volvía desesperado, y más fuerte, siempre más fuerte…