Se sentó en un banco de madera en frente de la bonita fuente del parque. Eran las siete y media de la mañana,y todo estaba desierto. Léa lo agradeció, pues en ese momento no se sentía con ganas de soportar las miradas de extrañeza que le habría lanzado la gente al verla sentada sola, en pijama y con una venda rodeando su cabeza en un banco.
En sólo cuestión de horas, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.
Su existencia tal y como la había conocido era una farsa, un engaño. Tenía que pensar y aclarar las ideas, pero no sabía por dónde comenzar.
Para empezar, estaba la cuestión de que sus padres no eran sus padres, la de que sus verdaderos padres estaban muertos, y, cómo no, el hecho de que no tenía familia alguna. Hace unos años se había preguntado por qué no se parecía a sus padres; por qué no tenía ni un rasgo físico en común con ellos. Entonces era sólo una niña, y cuando se lo preguntó a su madre y esta le dijo que no se parecía a ellos pero era la viva imagen de su abuela paterna fallecida años atrás, ella se lo había creído y no le había dado más vueltas.
También estaba la ridícula idea de que era La Guardiana del Poder. Léa era soñadora por naturaleza, pero ni en sus mayores sueños había llegado a imaginar algo de semejante envergadura. ¿Que el mundo estaba en sus manos? ¿Qué tontería era esa? Ella no era especial en absoluto, tan solo era la típica adolescente. Iba a clase, hacía sus deberes, salía con sus amigos... aunque nunca a ningún sitio más alla de París, claro. Sus padres siempre se lo habían tenido terminantemente prohibido. Ahora hasta esa pequeña cosa cobraba sentido: sus padres no querían que se alejara mucho para protegerla. Pero ¿protegerla de qué? Era imposible que aquella historia fuera real. Era imposible que existiera una asociación llamada la Orden del Cuervo porque, para empezar, ¿qué tipo de nombre era ese? Léa pensó que si Will y Marie hubieran escuchado la historia y el curioso nombre de la Orden, se habrían echado a reír los tres juntos y habrían hecho bromas, probablemente crueles, sobre el tipo de gente que forma parte de una asociación así.
Un momento. Al pensar en Will, la escena del monstruo volvió a inundar su mente. Empezó a respirar con dificultad. No, no podía ser. No podía ser verdad. Will jamás le haría eso, jamás. Pero sin embargo...
Se levantó como una exhalación y echó a correr hacia la casa de Will y Marie. Solo estaba a unas pocas manzanas, así que llegó en unos minutos. Eran sólo las ocho de la mañana, pero el padre de sus amigos era muy estricto y no dejaba que sus hijos se levantaran más tarde de las siete y media, ni siquiera en vacaciones. Llamó al telefonillo mientras trataba de recuperar el aliento.
-¿Sí?- contestó una voz grave. Era el padre de Will y Marie.
-Hola, Oswald . Vengo a ver a Will, ¿está despierto?
-No está aquí, se ha ido a tu casa hace diez minutos. Quería ver cómo estabas. Si estás aquí, supongo que significa que estás mejor, ¿no?
-Ah... sí gracias, estoy mejor. De acuerdo, si no está aquí, me voy a casa.
-Vale, Léa. Hasta luego.
Léa echó a andar de nuevo hacia su casa, tratando de calmar sus nervios. Quería respuestas, pero temía lo que podía averiguar.
Cuando llegó a su casa, encontró a Will sentado en un banco en la acera en frente de su casa, esperándola. Miraba su regazo, donde sus manos jugueteaban con una cuerda, inquietas . Aquello alarmó a Léa. Will había sido sienpre tan tranquilo que, con los años, se había convertido en el símbolo de la paz de Léa. Si algo iba lo suficientemente mal como para poner nervioso a Will, es que había algo de lo que preocuparse. Cuando Will alzó los ojos y la miró, un sinfín de sentimientos contradictorios inundaron a la muchacha. Ternura. Cariño. Amistad. Pero también incertidumbre. Temor. Desconfianza. Will se levantó con una gran sonrisa en los labios y la abrazó, y aunque Léa estaba enfadada con él, sin aún saber por qué exactamente, se dejó abrazar. Lo necesitaba.
-Léa.-murmuró Will contra su cuello.- Te he echado mucho de menos. Me tenías muy preocupado, ¿eh?
Léa no contestó; no sabía qué decirle. Su cerebro no había procesado las palabras de Will, sólo podía pensar en la duda que martilleaba en su mente.
Cuando se separaron, Léa se sentó, obligando a Will a hacer lo mismo.
-Will. No sé qué está pasando. Mis padres me han contado cosas subrealistas, y yo no puedo creerlo. Necesito que me lo expliques. Por favor.
Will la miró un segundo, como tratando de averiguar por dónde debía empezar. Luego suspiró.
-Está bien. Te lo contaré. ¿Qué quieres saber?
-Todo. ¿Sabías tú que mis padres no son mis padres? ¿Sabías que mis verdaderos padres están muertos? ¿Sabías que soy la Guardiana del Poder? -Léa hizo una pausa y lo miró, con ojos implorantes.- ¿Es verdad que nos atacó un monstruo el día de mi cumpleaños y que tú lo mataste? Dime que no es verdad, que fue sólo un sueño...-añadió desesperada.
Will no contestó inmediatamente. Bajó la mirada, y durante un tiempo que a Léa se le hizo eterno se dedicó a observar las baldosas del suelo como si fueran la cosa más interesante del mundo.
Finalmente habló, y entre palabra y palabra pasaba una eternidad, como si estuviera pensando cuidadosamente lo que decía.
-Lo siento, Léa. Pero no fue un sueño; sucedió de verdad. Lo maté, tú tropezaste y te diste un golpe en la cabeza que te dejó inconsciente durante días, y que es la causa de que lleves esa venda. Todo fue real.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué nos atacó aquella cosa?
-Lo cierto es que no estamos muy seguros. Su objetivo eras tú, eso sí está claro. Lo que no sabemos es si quería llevarte con él o si por el contrario quería...
-...matarme.-terminó Léa por él en un susurro.
Will asintió lentamente, mirándola preocupado. Léa guardó silencio unos momentos mientras reflexionaba.
-Si lo del monstruo es real, entonces... entonces...-no conseguía seguir, era tan increíble que le costaba decirlo en voz alta. Buscó ayuda en los ojos de Will, pero él no parecía dispuesto a terminar la frase por ella. Léa se armó de valor.- Si el monstruo existe, entonces supongo que tiene sentido todo lo que me han contado mis padres acerca del Poder. ¿Es cierto, Will? ¿Es verdad que soy la Guardiana del Poder?
Will asintió con seriedad.
-Sí.
-Joder. Esto es muy grande para mí, demasiado grande. Yo soy completamente normal, ¿cómo voy a tener...? ¿cómo voy a poder...? -boqueó, agobiada. De pronto, alzó la cabeza con brusquedad y sus ojos buscaron los de Will.-¿Qué tienes tú que ver en todo esto?
El rostro de Will era un remolino de sentimientos encontrados cuando contestó:
-Yo formo parte de Les Gardiens de la Clé.
-¿Y qué hay de Marie?
-Ella también. Y mis padres.
Léa apartó la mirada y la paseó por el patio, escrutando cada detalle mientras reflexionaba y ponía sus pensamientos en orden. Notaba la mirada de Will sobre ella, pero se concentró en ignorarla.
-¿Cuál es exactamente la misión de Les Gardiens de la Clé?
-Bueno, tenemos varias misiones, pero nuestro cometido principal es proteger a la Guardiana; es decir, a ti.
-Todo este tiempo... todos estos años... tú, y Marie... habéis tratado de... ¿protegerme?
-Sí. Se nos encomendó esa misión cuando los tres éramos pequeños. Marie y yo hemos sido adiestrados para eso.
Léa guardó silencio durante un rato. Cuando habló, sus palabras rezumaban un dolor tan intenso que a Will se le hizo un nudo en la garganta.
-¿Quieres decir que todo el tiempo que hemos pasado juntos, que todas las cosas que hemos vivido, solo eran para vosotros "una misión"?
-Léa...
-Déjame seguir.- lo cortó Léa.-No sois mis amigos por lo que soy, sino porque no os ha quedado más remedio. No os acercasteis a mí porque quisisteis, tan solo porque teníais que hacerlo. Dios mío. Durante todos estos años me lo habeis ocultado todo. Sabíais lo de mis padres, sabíais lo que yo era; y no me dijisteis nada.
-¡No podíamos hacerlo! Era muy importante que no te enteraras hasta los dieciséis.
-¡No me importa!-gritó Léa.- Todo eso me duele mucho menos de lo que me duele el hecho de que seáis mis amigos por obligación, de que todo haya sido un montaje. ¿Cómo crees que te sentirías si descubrieras que tus dos mejores amigos se acercaron a ti porque era su misión? Dime, ¿te gustaría? No soy nada para vosotros; nada.
Se levantó de un salto, con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Will también se levantó. La agarró la muñeca tratando de retenerla y hacerle comprender, pero ella se apartó con brusquedad.
-Siempre he pensado que cuando no me quedara nada, que al final de todo, estaríais vosotros. Siempre pensé que vosotros estaríais ahí para mí, para todo lo que necesitara. Lo más auténtico que tenía en esta vida erais vosotros. Y ahora he descubierto que ni siquiera vosotros erais reales. Toda mi vida es una farsa.
Y sin decir nada más, sin despedirse siquiera, entró en casa, dejando a Will solo ahí parado, mirándola. Lo que Léa no pudo saber fue que, mucho tiempo después de que se hubiera ido, él seguía allí plantado, mirando fijamente la puerta. Y que Will, el chico que nunca lloraba, que no encontraba vía para su dolor, no pudo evitar que una solitaria lágrima resbalara por su mejilla hasta la comisura de sus labios.
Léa subió las escaleras corriendo, a ciegas. Tropezó un par de veces, pero sus reflejos eran muy buenos tras años de entrenamiento físico de kárate, así que consiguió recuperar el equilibrio antes de caer al suelo. Entró en casa hecha una furia y se detuvo en seco al ser recibida por un montón de maletas apiladas de cualquier manera en el vestíbulo.
-Léa…-Sandra apareció en aquel momento en la habitación cargando una pila de toallas. Miró a su ahijada con tristeza y cansancio .-Nos vamos de París.
-¿QUÉ?- exclamó la muchacha, furiosa y sorprendida. Hacía tan solo unos minutos, creía que su vida no podría ir a peor, pero por lo visto estaba equivocada.-¿POR QUÉ?
-Aquí no estamos a salvo.Después del ataque… tenemos que escondernos. No puedes quedarte aquí- le explicó quedamente su madre.- No será definitivo, solo nos iremos durante una temporada.
Léa asintió con la cabeza, solo pensar en aquella bestia le producía escalofríos. La furia que la embargaba minutos anteshabía sido enterrada por un nuevo sentimiento más fuerte que el anterior: resignación. Conocía a sus padres. Sabía que podía protestar y lamentarse durante días; ellos no cambiarían de opinión.
-¿Cuándo nos vamos?-inquirió con voz neutra y contenida.
-Mañana temprano. Recoge tus cosas, pequeña. -Se acercó a ella y le dio un beso en la frente. Léa hubiera querido apartarse, gritarle que no la tocara, que la dejara en paz, pero estaba demasiado cansada de todo como para reaccionar.-Siento que tengas que pasar por todo esto.
Léa no dijo nada. Se dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación. Abrió con fuerza y se tiró sobre la cama. Se quedó quieta contemplando el techo hasta que consiguió calmarse y pensar con claridad. Entonces se sentó con lentitud y paseó la mirada por la habitación detenidamente.
Su vista se deslizó por las estanterías repletas de libros, por las fotos y pósters que decoraban las paredes, por la ropa metida de cualquier manera en el armario cuya puerta estaba descuidadamente entreabierta y cubierta de fotos estropeadas por el paso de los años, las pilas de papeles que se arremolinaban sobre la mesa y parte del suelo, la cama sin hacer que descansaba bajo ella, la mancha de nocilla en la moqueta. Aquella mancha llevaba allí tanto tiempo que Léa no podía recordar cuándo se produjo.
Sus ojos se toparon con algo en la esquina inferior de la pared, a unos treinta centímetros de altura, y se sentó en el suelo para verlo, aunque se sabía de memoria lo que ponía. Escrito con letras rojas de rotulador y con letra infantiloide se podía leer la siguiente inscripción "Léa & Will son los mejores amigos para toda la vida, siempre siempre y siempre". Léa lo miró fijamente, sumida en sus recuerdos. Will había escrito eso muchos años atrás; no debían de tener más de nueve o diez años. El niño había discutido con Marie y le había pegado. Ella había llorado muy fuerte y su padre se había puesto furioso con él. Will, asustado y triste, había huido de casa e ido a la de Léa. Le había contado a su amiga lo sucedido y le había dicho que no quería volver a casa, y ella le había dicho que no se preocupara, que se podía quedar a dormir con ella. Habían puesto unas mantas junto a la pared y Will se había tumbado allí a descansar. Mientras Léa dormía, agradecido, escribió aquellas cortas pero dulces frases en la pared. El tiempo las había emborronado un poco, pero más de seis años después seguían ahí, recordándole a Léa una promesa que de alguna manera había sido rota.
La joven apretó los puños y se mordió el labio inferior, tratando de contener el llanto. Se levantó con rapidez y se obligó a apartar a Will y a Marie de su cabeza.
Rescató a su iPod de una maraña de papeles y calcetines y se puso la música más estridente y ruidosa que tenía con el volumen al máximo. Puso todo su empeño en concentrarse en cada nota, en cada palabra, para olvidarse de todo lo que amenazaba con volverla loca. Mientras su cerebro se inundaba de frases y melodías, Léa comenzó a recoger sus cosas.
Media hora más tarde, la mitad del contenido de su armario descansaba sobre su cama y Léa resoplaba ante la perspectiva de meterla toda en una mísera maleta. Una hora después, milagrosamente, toda su ropa estaba colocada, más o menos, dentro de la maleta y Léa estaba sentada encima tratando desesperadamente de cerrarla. Cuando al fin lo consiguió, empezó a recoger el resto de sus pertenencias.
Se detuvo frente a la mesilla y cogió un multi portaretratos con cuatro fotografías. Las observó una por una: en la primera, Marie, Will y ella misma sonreían abiertamente a la cámara con la cara embadurnada de chocolate. De fondo se podía ver la cocina, que no ofrecía mejor aspecto que ellos. En la segunda, los tres estaban sentados y abrazados; parecían muy felices. La tercera fotografía era de un fotomatón, los tres tenían caras raras con muecas grotescas y divertidas. En la cuarta, tres niños de unos siete años en bañador sonreían tímidamente tras una tarta con ocho velitas. Léa suspiró apesadumbrada y colocó el portafotos bocabajo sobre la cama. Le dolía pensar que todos esos recuerdos, todas esas risas, todos esos momentos, no eran nada en realidad. Se sentía furiosa y engañada, y no quería saber nada de sus amigos en una temporada.
Sin pensarlo más, sacó la maleta al pasillo y volvió con un par de cajas. En una de ellas metió toda la colección de libros de Harry Potter. Le hubiera gustado poder llevarse algunos más, pero le cupieron justos en la caja, así que, resignada, la cerró. En la otra caja colocó todos sus efectos personales restantes: sus CDs favoritos, su cuaderno, su cámara de fotos y alguna que otra cosa más. Embaló la caja y sacó las dos al pasillo. Después se volvió a su habitación y la contempló una vez más. Habían sido muchos años los que había pasado en aquella casa. Aquel había sido su hogar. Lo observó todo una vez más, y después, con un suspiro, cerró la puerta. Recorrió el pasillo con rapidez, mirando fijamente al suelo. Sin detenerse ni un segundo, dejó las cajas en el vestíbulo y bajó corriendo a la calle, con una maleta cargada de recuerdos y lágrimas tras ella.
Léa no dijo nada. Se dio media vuelta y se fue corriendo a su habitación. Abrió con fuerza y se tiró sobre la cama. Se quedó quieta contemplando el techo hasta que consiguió calmarse y pensar con claridad. Entonces se sentó con lentitud y paseó la mirada por la habitación detenidamente.
Su vista se deslizó por las estanterías repletas de libros, por las fotos y pósters que decoraban las paredes, por la ropa metida de cualquier manera en el armario cuya puerta estaba descuidadamente entreabierta y cubierta de fotos estropeadas por el paso de los años, las pilas de papeles que se arremolinaban sobre la mesa y parte del suelo, la cama sin hacer que descansaba bajo ella, la mancha de nocilla en la moqueta. Aquella mancha llevaba allí tanto tiempo que Léa no podía recordar cuándo se produjo.
Sus ojos se toparon con algo en la esquina inferior de la pared, a unos treinta centímetros de altura, y se sentó en el suelo para verlo, aunque se sabía de memoria lo que ponía. Escrito con letras rojas de rotulador y con letra infantiloide se podía leer la siguiente inscripción "Léa & Will son los mejores amigos para toda la vida, siempre siempre y siempre". Léa lo miró fijamente, sumida en sus recuerdos. Will había escrito eso muchos años atrás; no debían de tener más de nueve o diez años. El niño había discutido con Marie y le había pegado. Ella había llorado muy fuerte y su padre se había puesto furioso con él. Will, asustado y triste, había huido de casa e ido a la de Léa. Le había contado a su amiga lo sucedido y le había dicho que no quería volver a casa, y ella le había dicho que no se preocupara, que se podía quedar a dormir con ella. Habían puesto unas mantas junto a la pared y Will se había tumbado allí a descansar. Mientras Léa dormía, agradecido, escribió aquellas cortas pero dulces frases en la pared. El tiempo las había emborronado un poco, pero más de seis años después seguían ahí, recordándole a Léa una promesa que de alguna manera había sido rota.
La joven apretó los puños y se mordió el labio inferior, tratando de contener el llanto. Se levantó con rapidez y se obligó a apartar a Will y a Marie de su cabeza.
Rescató a su iPod de una maraña de papeles y calcetines y se puso la música más estridente y ruidosa que tenía con el volumen al máximo. Puso todo su empeño en concentrarse en cada nota, en cada palabra, para olvidarse de todo lo que amenazaba con volverla loca. Mientras su cerebro se inundaba de frases y melodías, Léa comenzó a recoger sus cosas.
Media hora más tarde, la mitad del contenido de su armario descansaba sobre su cama y Léa resoplaba ante la perspectiva de meterla toda en una mísera maleta. Una hora después, milagrosamente, toda su ropa estaba colocada, más o menos, dentro de la maleta y Léa estaba sentada encima tratando desesperadamente de cerrarla. Cuando al fin lo consiguió, empezó a recoger el resto de sus pertenencias.
Se detuvo frente a la mesilla y cogió un multi portaretratos con cuatro fotografías. Las observó una por una: en la primera, Marie, Will y ella misma sonreían abiertamente a la cámara con la cara embadurnada de chocolate. De fondo se podía ver la cocina, que no ofrecía mejor aspecto que ellos. En la segunda, los tres estaban sentados y abrazados; parecían muy felices. La tercera fotografía era de un fotomatón, los tres tenían caras raras con muecas grotescas y divertidas. En la cuarta, tres niños de unos siete años en bañador sonreían tímidamente tras una tarta con ocho velitas. Léa suspiró apesadumbrada y colocó el portafotos bocabajo sobre la cama. Le dolía pensar que todos esos recuerdos, todas esas risas, todos esos momentos, no eran nada en realidad. Se sentía furiosa y engañada, y no quería saber nada de sus amigos en una temporada.
Sin pensarlo más, sacó la maleta al pasillo y volvió con un par de cajas. En una de ellas metió toda la colección de libros de Harry Potter. Le hubiera gustado poder llevarse algunos más, pero le cupieron justos en la caja, así que, resignada, la cerró. En la otra caja colocó todos sus efectos personales restantes: sus CDs favoritos, su cuaderno, su cámara de fotos y alguna que otra cosa más. Embaló la caja y sacó las dos al pasillo. Después se volvió a su habitación y la contempló una vez más. Habían sido muchos años los que había pasado en aquella casa. Aquel había sido su hogar. Lo observó todo una vez más, y después, con un suspiro, cerró la puerta. Recorrió el pasillo con rapidez, mirando fijamente al suelo. Sin detenerse ni un segundo, dejó las cajas en el vestíbulo y bajó corriendo a la calle, con una maleta cargada de recuerdos y lágrimas tras ella.