15/5/11

Capítulo 1: Miradas y engaños

Abrió los ojos jadeante, escapando súbitamente del sueño.

Estaba sudorosa, con el pelo pegado a la sien y el corazón latiéndole de forma irregular. Miró el reloj. Eran las siete de la mañana. Decidió levantarse y darse una ducha; nada le vendría mejor en aquella calurosa mañana de mediados de junio. El agua fría le relajó los músculos, y también le aclaró las ideas. Se entretuvo haciendo burbujas de jabón, tratando de echar de su mente los llantos de aquel bebé que aún retumbaban en sus oídos, una y otra vez. Nunca le había dado demasiada importancia a los sueños, pero ese en particular había sido tan vívido…como si se tratase de un recuerdo en lugar de una pesadilla. Trató de convencerse a si misma de que no era real, sin resultado.
Salió de la ducha y cogió su toalla. Se envolvió con ella para secarse y se dirigió al espejo. Lo contempló un instante, y luego recordó algo que había olvidado con el susto del sueño. Sonrió. Aquel era su último día de clase antes de las vacaciones de verano. También aquel día cumplía un año más.16, para ser exactos. Movida por un impulso infantil, dibujó una carita sonriente en el espejo lleno de vaho. Había esperado mucho tiempo ese día, y por fin estaba allí. Se observó en el espejo, analizando los cambios que se habían producido en ella últimamente. Casi ni se podía reconocer. Su ondulado cabello oscuro había crecido  y sus ojos se notaban diferentes, más azules, más grandes…sus rasgos también se habían afinado, y habían perdido la redondez de la infancia. No sabía cómo explicarlo, pero aquel día se sentía una persona nueva, con una vida nueva.
En la cocina la estaban esperando sus padres. Le cantaron el feliz cumpleaños y la abrazaron. Le habían preparado una tortilla francesa con tostadas y unos croissants. Ella sonrió con alegría, aquel día prometía.
-Feliz cumpleaños, Léa-le dijeron sonrientes. Pero Léa notó que esa felicidad no les llegaba a los ojos, que había preocupación en los semblantes de sus padres.
-¿Ocurre algo?
-No, hija ¿qué va a ocurrir?-dijo su madre con una risita nerviosa.-Anda, vete ya al instituto que vas a llegar tarde. Cuando vuelvas te espera una sorpresa....
Léa la miró un momento y luego se encogió de hombros. Sabía muy bien que, por mucho que insistiera, no le dirían nada.



Media hora después, Léa salió corriendo de casa, colocándose aún el pelo. No sabía qué le había pasado aquella mañana, pero había tardado una eternidad en elegir la ropa. Normalmente no era así, pues a Léa no le importaba demasiado la moda. Le gustaba vestir sencilla y cómoda, con un toque personal tal vez, pero sin destacar. Así que tras muchas idas, venidas y cambios de opinión, se había decidido por unos pantalones cortos de tela vaquera rasgada y deshilachada, unas medias algo oscuras para disimular el paliducho color de sus piernas, una camiseta roja y sus queridas e inseparables converse negras. Se pasó los dedos por los cabellos, aún húmedos, y se los apartó de la cara, impaciente. Sacó su iPod de la mochila y echó a andar hacia el instituto, dejando que la música invadiera su mente. En realidad, Léa podría ir al instituto en el autobús escolar, pero le gustaba caminar por París a esas horas, sobre todo los días nublados. Le gustaba mirar la cara de la gente con la que se cruzaba, y se divertía inventándose una vida para cada persona. Fijándose en su expresión, trataba de averiguar qué le habría pasado a aquella persona para estar en el estado de ánimo que se vislumbraba en su rostro. Por desgracia, la mayoría de las expresiones a las ocho de la mañana denotaban tristeza y malhumor, pero lograba cruzarse con al menos una persona al día que pareciera estar feliz.
Aquella vez  no fue una excepción: una mujer pelirroja y regordeta, que escondía una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Para Léa, la mujer sonreía porque estaba recordando algún momento del fin de semana con su familia. Los imaginó a todos juntos: su marido, más alto que ella, calvo y con gafas; abrazándola por los hombros mientras ella sonreía ampliamente, lo que le provocaba una pequeñas arruguitas bajo los ojos; y sus hijos, una pequeña niña pelirroja de seis años con trenzas rematadas en grandes lazos verdes y un niño de nueve años con una cresta levantada con mucho esfuerzo y un balón de fútbol sujeto entre sus manos, como si fuera lo más importante en el mundo. Léa sonrió ante la imagen mental que se había formado en su mente.
Tras cruzarse con la mujer, siguió caminando, con la música retumbando a un volumen poco saludable en sus oídos. Y entonces, un joven pasó como una sombra a su lado, y ella sintió un escalofrío que le recorrió la columna y le hizo estremecerse. Se giró rápidamente, a tiempo de ver su cara un segundo, pero fue suficiente: unos ojos verde intenso se clavaron en los suyos, fríos e intensos, y ella se quedó sin respiración. Se detuvo en seco, y durante un instante, ahí, parada en el medio de la calle, siguió contemplando aquellos ojos, hasta que su portador se giró bruscamente y siguió su camino. Se quedó allí un poco más, sin decidirse del todo a moverse. Se había quedado tan ensimismada en aquellos ojos que apenas se había fijado en el aspecto del joven. Se puso de puntillas, tratando de verlo alejándose por la avenida. Todo cuanto pudo deducir fue que era alto y fuerte.Se esforzó por recordar el momento en el que sus ojos se habían topado con los suyos, y trató de recordar algo más, pero todo lo que obtuvo fue una visión borrosa del rostro y unos vestigios del pelo, marrón y lacio, que caía sobre su frente.
Léa trató de moverse una vez más, pero algo de aquel chico le había impactado mucho.
En todos los rostros que había examinado en sus juegos matutinos, había encontrado alguna emoción: felicidad, ilusión, mal humor, cinismo… pero aquel había sido único, había algo que lo hacía diferente. Se preguntó si habrían sido sus ojos. “No” se dijo “Ha sido otra cosa”.
El rostro de aquel muchacho era una máscara en todos los sentidos. No transmitía nada. Absolutamente nada.



Una vez en clase, se vio envuelta por un asfixiante abrazo de Will, su mejor amigo.
-Felicidades-Le susurró al oído.-Tengo una cosita para ti.
Le tendió un pequeño paquetito.
-No tenías por qué- dijo Léa, mientras iba abriéndolo con una ancha sonrisa.-Pero gracias por el detalle.
Era una cadena con un zafiro. La pequeña piedra relucía, como rezumando alegría. Léa lo acarició con los dedos, maravillada.
-Es precioso...-susurró.
-Al verlo me recordó al encantador color de tus ojos.-comentó Will mientras le ponía el collar. Léa sonrió, divertida. Will siempre decía cosas así.
Will empujó a Léa hasta su pupitre, y ambos se sentaron encima de una de las mesas.
-Bueno, y ¿cómo te sientes?-inquirió Will una vez que ambos estaban acomodados encima de la mesa. Léa notó un destello de preocupación en sus ojos, al igual que con sus padres.
-¿Cómo quieres que me sienta?-Replicó, contestando a su pregunta con otra.-Solo cumplo un año más, como en todos mis otros cumpleaños.
Pero Léa sabía que eso era mentira. Nunca antes había sentido nada igual, veía el mundo de distinta manera, sentía que algo había cambiado, que ella había cambiado.
Will la miró y abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera decir algo la puerta del aula se cerró con fuerza y unos tacones delataron la entrada de la profesora de Literatura.
Léa se deslizó hasta su silla. Empezar el día con clase de Literatura era sin duda un punto a favor. Ella adoraba la Literatura, y además la impartía  Lucy Primtemps, su profesora favorita. La joven docente parecía sentir, además, un cariño y predilección especiales hacia Léa.
Sin embargo, aquel día la profesora no parecía encontrarse con su buen humor habitual, sino con un gran ataque de nervios. Después de que un par de personas dijeran que no habían hecho los deberes, la mujer perdió la paciencia y les mandó a todos unos ejercicios para ocupar el resto de la hora.
Léa los hizo en silencio, ya que su compañera no había ido aquel día. Cuando acabó, paseó la mirada por la clase. Todos hacían los ejercicios sin entusiasmo y con desgana, introduciendo conversaciones triviales que Lucy decidió ignorar.
Will charlaba con su compañera. Parecía estar contándole algo muy gracioso, porque la muchacha no paraba de reírse a carcajadas. Léa se sintió repentinamente invadida por un acceso de celos. Suspiró. Miró a Will con más detenimiento: su pelo rubio y muy liso caía desordenadamente sobre sus ojos marrones y tranquilos. Había mirado tantas veces aquellos ojos que creía conocerlos mejor que a los suyos propios: cada vez que tenía un problema, y estaba triste o enfadada, se refugiaba en los ojos de Will. Allí todo era mucho más fácil. él tenía, de alguna forma, una habilidad especial para apaciguarla y hacerle ver las cosas de otra forma. Léa era a menudo demasiado nerviosa, y Will era tan tranquilo y protector... Había llegado a quererlo muchísimo, tal vez demasiado. Últimamente se estaba preguntando si no sentía algo por él que iba  más allá de la amistad...pero no, aquello no podía ser. Él jamás sentiría algo por ella... Will era muy guapo, mucho más de lo que ella podría llegar a soñar. Ella no era guapa. Su pelo negro era demasiado rebelde, con aquellos bucles imposibles de peinar. Sus ojos azules no eran en absoluto especiales; en Francia había mucha gente con los ojos azules. La nariz era demasiado respingona y su sonrisa deformaba en exceso sus rasgos. Nunca se había fijado en ella ningún chico. Will, por el contrario, había tenido muchas novias. También Marie, la hermana melliza de Will, había tenido unos cuantos chicos en su vida.
Pero ella nunca había tenido ninguno, ni había estado cerca de tenerlo. Además, no se había enamorado nunca. Por eso había llegado a pensar que quizá era  porque su corazón ya estaba ocupado por alguien, aunque ella no se hubiera dado cuenta. Sacudió la cabeza. Tendría que hablar con Marie de aquello. Marie era su mejor amiga, y también era la hermana de Will. Eran mellizos. El hecho de que fueran hermanos no significaba que se contaran todo entre ellos, y Léa sabía que cuando le contaba algo a Marie que Will no podía saber, ella cerraba la boca. Y lo mismo ocurría en caso contrario.
¿Dónde se habría metido Marie? No la había visto por la mañana. Curiosa, arrancó un trozo de papel de su cuaderno y garabateó "¿Está bien Marie? No la he visto esta mañana". Enrolló el papelito y alzó la vista. La estúpida compañera de Will estaba recostada contra él, fingiendo preguntarle algo sobre sus deberes, que estaban encima de la mesa. Léa trató de frenar su rabia, pero no funcionó. Deseó con todas sus fuerzas poder estar ante ella en aquel momento para poder ajustar cuentas como era debido: mediante el kárate. Para ella, la forma de solucionar todos los problemas con su genio era el kárate. Una llave, un movimiento, un golpe. Léa había encontrado, durante años, su paz y su equilibrio en aquel arte tan antiguo. Sin embargo, en ese momento no podía hacerle una llave, y aquello incrementó su rabia. Antes de poder controlarse, lanzó el papelito con todas sus fuerzas directo al ojo derecho de la muchacha. El proyectil le dio de lleno y la chica lanzó un grito de dolor. Léa la contempló, estupefacta. Jamás antes había sido capaz de hacer semejante lanzamiento; la puntería nunca había sido una de sus cualidades. Recordó las múltiples sesiones de cine con Marie y Will, donde los tres hacían guerras de palomitas, tratando de metérsela por la camiseta a los demás. Ella jamás había sido capaz de hacerlo. Estaba tan sorprendida que no se dio cuenta de que Will la estaba llamando hasta que este le tiró un papelito. "¿Por qué has hecho eso? Se le ha puesto el ojo rojo...Sí, está bien. Su profesora de Matemáticas está de excursión y han dejado a su clase quedarse en casa esa hora, así que se ha quedado durmiendo". Léa alzó la mirada hacia la chica. Gimoteaba y trataba de conseguir que Will la consolara, pero él no la miraba; estaba mirando a Léa. Ella sonrió y se encogió de hombros, articulando con los labios "ha sido sin querer". Will sonrió condescendiente, y Léa se preguntó una vez más qué era lo que sentía por él.



El resto del día transcurrió sin novedad. Las clases se sucedieron una tras otra, como en un borrón que, cuando ha pasado, no eres capaz de recordar con exactitud, porque carece de importancia. Léa pasó todo el día sintiéndose extrañamente diferente. Era la misma sensación que la había atenazado desde que se despertó, y ahí seguía, persiguiéndola, sin permitirle concentrarse en las tareas. El llanto del bebé de aquel sueño seguía en su cabeza, y aquello estaba desquiciándola.
Las clases llegaron a su fin, y Léa, aliviada y feliz, se dirigió a la mesa de Will con la mochila colgando de un hombro y los cascos de su iPod sobresaliendo del bolsillo pequeño. Will sonrió al verlo y tiró de la mochila de Léa hacia atrás, sólo para chincharla. Ella se quejó y lloriqueó, y él se rió de ella. Léa se paró a pensar un momento cuántas escenas como esa se habrían dado a lo largo de sus vidas, pero habían sido demasiadas como para recordarlas.
-¿Qué quieres hacer esta tarde? Ya que es mi cumple, propongo un plan especial para los tres, ¿qué te parece?- inquirió Léa con una gran sonrisa.
Will empezó una frase, pero sus palabras se perdieron en medio de un gran estrépito. Ambos se giraron en redondo: un monstruo del tamaño de un león con alas acechaba desde el fondo de la clase, mirándolos fijamente. A su alrededor había pedazos de cristal; el monstruo había entrado por la ventana. Léa lo miró horrorizada. El bicho era negro y aterrador. Sus alas, rematadas en pinchos, eran del tamaño de un brazo y medio. El cuerpo estaba recubierto por lo que parecía una especie da caparazón con un extraño brillo metálico. Sus cuatro extremidades acababan en garras de uñas negras y afiladas.
El animal (o lo que fuera) los miraba fijamente con las fauces abiertas y batiendo las alas. Léa notó que, a su lado, Will se movía. Lo miró de reojo, sin atreverse a perder de vista al monstruo: estaba hurgando en su mochila. Parecía buscar algo en concreto. Léa, aunque estaba bloqueada y entumecida, llegó a preguntarse  para qué pensaba Will que les iban a ayudar unas tijeras contra aquella bestia, justo antes de que la mole cayera sobre ella. No tuvo tiempo ni de gritar. El monstruo estaba sobre ella, la aplastaba con su enorme cuerpo. Sus dientes chasqueaban peligrosamente cerca de la cara de la muchacha, la cual, desesperada y aterrorizada, apenas se atrevía moverse. La bestia se acercó aún más a ella, y ella cerró los ojos con fuerza, esperando su final.
De pronto, la presión sobre su cuerpo desapareció, y Léa abrió los ojos. A pocos metros de ella, el monstruo se incorporaba de nuevo, mirando algo que parecía estar por detrás de ella.Se giró, para descubrir a Will, con el cuerpo en tensión y blandiendo una daga en su mano derecha. Sus ojos destilaban determinación y seguridad. Su imagen era, en conjunto, amenazadora. Lo contempló con la boca entreabierta. ¿Era aquel el mismo Will que, con siete años, se había encerrado en su habitación durante una semana porque se había muerto su pez? Léa sacudió la cabeza, confundida.
Will, sin apartar la vista del monstruo, avanzó hacia ella y la levantó con un solo brazo. Ella se levantó, y estuvo a punto de volver a caer, los músculos de sus piernas parecían haberse convertido en gelatina. Sus ojos seguían fijos en la criatura, y su cerebro se encontraba en un estado de embotamiento del que no parecía muy dispuesto a salir. Sintió que Will le tendía algo y la zarandeaba, tratando de hacerla reaccionar. Alzó los ojos hacia él y vio que sus labios se movían como si estuviera hablando, pero ella no oía ningún sonido. Sacudía un objeto alargado delante de su cara, y al fin Léa entendió.
-Cógelo Léa; cógelo y escóndete detrás de mí.
Ella, con increíble lentitud, agarró la daga y permitió que Will interpusiera su cuerpo entre ella y la bestia, la cual se hallaba ya peligrosamente cerca. Will blandió su cuchillo y se lo lanzó al monstruo. El metal rebotó contra el caparazón y cayó al suelo junto al monstro. Este, que parecía no haberse percatado del ataque que acababa de sufrir, continuó su avance inexorablemente.
Sin parar un segundo a pensar, Will extrajo otro cuchillo de su cinturón. Lo agarró con firmeza, y esta vez aguardó el momento propicio para lanzarlo. Cuando el monstruo estaba tan cerca que Léa podía respirar su fétido aliento, Will lanzó el cuchillo directo a la cabeza del animal. Este se hundió en la carne, y sangre negruzca salió a borbotones de la herida. El monstruo, dando bandazos, trató de seguir hacia delante. Will se echo hacia atrás sin previo aviso para esquivar un zarpazo y Léa, pegada a su espalda, no pudo reaccionar a tiempo y, con un traspiés, cayó a un lado. Lo último que sintió antes de que la oscuridad lo invadiera todo, fue un dolor agudo en la cabeza, y la voz de Will gritando ¡Léa!". Pudo ver al monstruo, ya muerto, a sus pies, su mano soltó la daga y esta cayó al suelo con un ruido tintineante. Luego, silencio. Y oscuridad, negra y densa oscuridad.